28 que les permitiera encontrar la veta rica de plata para detener los latigazos y, por encima de todo, que les otorgara el milagro de salir con vida a ver la luz del sol al final de la jornada. El dolor extremo de la mita transformó el miedo al encierro en una devoción mística profunda, un pacto crudo de supervivencia biológica y espiritual. A este escenario de devastación humanitaria se sumó otra tragedia desgarradora: la llegada forzada de los esclavos africanos, arrancados de sus tierras tropicales de origen, encadenados en los barcos negreros y vendidos en los mercados coloniales. Los terratenientes y mineros españoles intentaron introducir grandes contingentes de población africana en las minas de Laykakota y Oruro para sustituir la mano de obra indígena moribunda. Sin embargo, el impacto del soroche (el mal de altura crónico), la desnutrición y el frío glacial de la puna destrozaron los cuerpos de estos hombres y mujeres, provocando una mortandad masiva. A pesar de que la geografía diezmó su número y frustró los planes de los esclavistas, los
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