El lenguaje oculto del altiplano

27 castigos físicos con látigos con puntas de metal eran la norma diaria de los capataces para acelerar la extracción. Los túneles carecían de apuntalamiento seguro, por lo que los derrumbes sepultaban vivos a decenas de hombres cuyos cuerpos jamás eran recuperados. El socavón no era un lugar de trabajo; era una fosa común en vida, un infierno helado donde el ser humano perdía su condición de persona para convertirse en un combustible desechable para la riqueza del Imperio español. En medio de ese calvario, los mitayos despojados de sus dioses a la luz del día encontraron en el fondo de la mina un espacio de absoluta y clandestina libertad de fe. Lejos de las miradas de los sacerdotes católicos, esculpieron con el propio barro impregnado de arsénico y la roca de los túneles la figura del "Tío", el señor de las profundidades de la mina. Al Tío no se le imploraba por la salvación eterna del alma en el paraíso; se le ofrendaba con manos temblorosas hojas de coca masticadas, alcohol puro derramado sobre la roca y cigarros encendidos. Se le pedía, con un terror reverente,

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