reyes antiguos (Romero, 1936). Lo interesante aquí es quiénes figuraban a los incas. El hombre que personificó al rey Lloque Yupanqui en este momento fue el hijo de un poderoso curaca de Jauja. Este hombre ya había renunciado a su derecho de sucesión al curacazgo de su pueblo en los Andes centrales y había llegado a Lima para trabajar como mercader, aun así, fue él quien ganó el premio, sobre toda la competencia, de desempeñar este papel en el festejo (Burga, 1988). Entre estos ejemplos, uno particularmente singular es el de un espectáculo que se desarrolló en 1607 en Pausa, un pueblo minero en la jurisdicción de Parinacocha de la provincia de Huamanga. Una ceremonia para festejar el arribo del nuevo virrey fue organizada bajo el auspicio de los funcionarios reales. Como parte de las festividades, un personaje inca en extravagantes vestidos salió a la plaza del pueblo frente a más de cien asistentes indígenas, vestidos también con trajes coloridos y armados con lanzas. El inca avanzaba en andas, acompañado por un gran número de damas que bailaban de acuerdo con la usanza antigua. Justo en aquel momento, otro curioso personaje hizo su aparición en la plaza. No era otro que Don Quijote de la Mancha, el caballero de triste figura. El sombrío personaje se sentó a horcajadas sobre un caballo exhausto, exactamente como el ficticio Rocinante, y con él, apareció Sancho Panza sobre una mula y vestido de manera graciosa. Eran representaciones completamente naturales de los personajes principales de la obra maestra de Miguel de Cervantes, que había salido a luz apenas dos años antes en España, y la entrada del protagonista «dio grandisimo gusto de verle» (Rodríguez Marín, 1947, pp. 586-596; Cummins, 2005). El inca y Don Quijote: el imaginario colectivo de la gente que en un rústico pueblo minero procreó esta extraña combinación nos resulta enigmático. Se puede, sin embargo, percibir cómo la historia del inca se halló con la «literatura» y cómo de esta interfaz brotaba «lo inca» metamorfoseado. Como hemos observado, la imagen del inca histórico, tan estrechamente entrelazada a la ciudad imperial de Cuzco, se desvinculaba poco a poco de la antigua capital, diseminándose a lo largo del territorio andino, donde fue recibida por un amplio espectro de personas y dotada de nuevos significados. Incluso en Cuzco, bastión de la historia incaica, es posible observar cómo los personajes no incaicos buscaron invadir esa historicidad. En 1685, una petición que acusaba a un indio no inca de un acto escandaloso se presentó por los incas nobles de la genealogía inca que 857
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx