Cuzco, y en la creación y mantenimiento del electorado de los veinticuatro nobles incas. De los papeles documentales que generó Toledo para probar su tesis sobre la tiranía de los incas, emergieron, sin embargo, algunas conclusiones inesperadas, en particular, una imagen de los incas que sugería que eran no solo dictadores opresivos, sino también generosos benefactores. Un análisis de las informaciones de la visita a la región de Huanca en el centro del Perú ilustra este aspecto. El testimonio del curaca local, don Alfonso Poma Guala, es uno de estos casos. Se trata de una memoria oral sobre los incas testimoniada por un líder de la sociedad local, que relató los siguientes episodios según se lo habían narrado su abuelo y padre. … el dicho ynga… se puso en un cerro en este repartimyento con la gente que traya que serian diez myll yndios de guerra … se fue su visaguelo deste testigo… el qual le dio la obediencia y le mochó y que auia lleuado consigo diez yndios soldados por que hera uno de los cincheconas deste valle… auia dicho a los yndios… que se estuuiesen ascondidos por quel queria ver sy el ynga les hazya algun mal tratamyento o le mataua… el dicho topa ynga oyo dezir este testigo que auia dado al dicho su visaguelo unas camysetas y mantas galanas y unos vasos en que bebiese que llaman entrellos aquilla e que con esto auia vuelto a los yndios questaban escondidos los quales se auian holgado mucho de ver lo quel dicho ynga auia dado al dicho su visaguelo… les dixo que no temyesen e que fuesen con él a darle obidencia al ynga… e ansy el dicho sinchecona su visaguelo deste testigo lleuo consigo todos sus yndios al dicho ynga y le dixo que fuese con el hasta quito e que oyo dezir… que a otros que no le obedescian ny le uenian a mochar les hazia guerra e les sujetaua matando a algunos dellos e tomandoles sus tierras… (Levillier, 1940, pp. 17-22). Como resulta claro de este discurso, al encontrarse por primera vez con grandes huestes de los incas, la gente de la localidad sentía miedo e incertidumbre sobre las razones de su aparición, fue, no obstante, rápidamente cautivada por las dádivas espléndidas que el inca les traía: así subsumida a la opulencia material del imperio, acabó sometiéndose al poder incaico y a la obligación tributaria. Es también evidente que ellos comprendían bien las consecuencias de la otra alternativa: rehusar rendir homenaje a los incas equivalía a un aniquilamiento inmediato y destrucción total. En este sentido, los incas llegaban a las comunidades como una antinomia, personificando riquezas generosas, y a la vez, la potencia de desmoronar todo. Eran tan temidos como adorados, y 854
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