El imperio inka

El virrey despachó a sus visitadores (inspectores reales) a todas las regiones para realizar la investigación histórica entre la población indígena y preparó para ello unos cuestionarios especiales, diseñados con la intención de obtener las respuestas que confirmaran que los reyes incaicos habían conquistado las sociedades provinciales con brutalidad, imponiéndoles demandas autoritarias y explotándolas de forma opresiva (Levillier, 1940). Los curacas locales, que colaboraron como informantes de los funcionarios oficiales, brindaron los detalles que necesitaba Toledo, narrándoles cómo el inca los había conquistado y dominado sin clemencia alguna. Sobre la base de estas indagaciones, el virrey encargó a un miembro de su séquito, Sarmiento de Gamboa, el erudito cronista, que escribiera una Historia de los Incas que propagaría la imagen oficializada de «un reino tiránico». La tentativa primordial del virrey Toledo frente a la historia era manipularla para sus propios fines ideológicos, y si bien puede considerarse como un esfuerzo en la rehistorización de los incas, concepto que discutiremos en la siguiente sección, también debería considerarse bajo el rótulo de ahistorización. Los ataques de Toledo contra los incas no terminaron con su trama de rehistorización. Esgrimió también una estrategia de limpieza contra los residuos de la rebeldía incaica que se habían refugiado en la vertiente oriental de los andes. En 1572, logró por fin apresar a Túpac Amaru I, último inca de Vilcabamba, y lo degolló finalmente en la Plaza Mayor de Cuzco (Hemming, 1970). Eso no fue todo. Hemos de recordar que entre los descendientes de los incas había quienes anhelaban que se les concediesen las insignias heráldicas de parte de Carlos V; nos referimos a aquellos que cooperaron con docilidad al régimen español siempre que les conviniera a sus intereses. El virrey Toledo, que aborrecía la existencia incluso de esos nobles incaicos más obedientes, decidió que algunos de ellos debían ser exiliados de forma permanente al virreinato de la Nueva España, y los envío a la capital virreinal, la ciudad de los Reyes (Nowack & Julien, 1999). Fue afortunado para ellos que entre los españoles surgiera oposición categórica a las abusivas políticas de Toledo y que nunca se efectuase este exilio mexicano, por lo cual pudieron retornar a salvo a la antigua capital incaica. Como lo desvela este suceso, los nobles incas, aun integrados al régimen colonial, siempre tuvieron dificultades para asegurar su sitio en la sociedad colonial. La autoridad y supremacía solo radicaban en su poder, usualmente latente, para unificar a la población indígena de 853

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