Un ejemplo muy conocido es el de las sagaces diligencias de Callapiña, el curaca de Pacariqtambo (al sureste de Cuzco), uno de los lugares legendarios del nacimiento de la dinastía incaica (Urton, 1990; ver CerrónPalomino, Shinoda y Pärssinen en este libro). En 1569, Callapiña presentó una petición a las autoridades en Cuzco en la cual afirmaba que era descendiente directo del primer rey inca, Manco Cápac. Aseveró además que la cueva de su pueblo llamada Tamputoco fue el lugar primordial del que surgieron los cuatro hermanos y cuatro hermanas, incluido el mismo Manco, el ancestro iniciador del gran imperio. Como fruto de esta petición, Pacariqtambo logró consolidarse como el lugar de origen histórico de la casa Inca. Este nivel de participación indígena en el proceso de historización de los incas, sin embargo, no se limitó al caso de Callapiña. Como podrán observar los lectores de este libro, los estudiosos todavía muestran una postura bastante cautelosa al discutir los detalles del linaje incaico, en particular sobre los reyes que reinaron antes de Pachacútec (ver, por ejemplo, Bauer y Smith, o Pärssinen en este libro). Si bien todavía existen ideas distintas sobre aspectos concretos de su historicidad, la tesis estereotipada de que la larga genealogía del clan inca fuese abarcada por once o doce reyes consecutivos, comenzando con Manco Cápac, fundador de la dinastía real, ha sido aceptada de modo general entre los peruanos contemporáneos, por lo que es común que la mayoría de escritos sobre la historia incaica asuman la existencia de doce reyes como su punto de partida. La historiadora Catherine Julien en su magnífica investigación (Julien, 2000) ha propuesto la probabilidad de que existiera un prototipo de la historia de la genealogía incaica antes de la llegada de los españoles y que este haya servido como la fuente desde la cual nació una historia dinástica oficial después de la conquista. Habiendo dicho esto, es importante notar que una forma prehispánica como ésta se convertiría en una de las múltiples contribuciones críticas a la formalización de una historia oficial del linaje incaico. Mucho influyó en las intenciones y preocupaciones de la nobleza incaica que había logrado sobrevivir a la conquista y seguía morando en la capital de Cuzco bajo el dominio español. Después de la Conquista, los sobrevivientes de la estirpe real fueron reducidos a ocho parroquias de la ciudad de Cuzco y se les exigió que juraran lealtad perenne a su nuevo «apo», al rey de España. El hacerlo les garantizaba su estatus en el orden regio del Estado español. Como símbolo de su nobleza, no solo se les permitía usar el título honorífico de «don» y 849
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