habitantes sugiere que el control sobre el movimiento de bienes exóticos fue menos centralizado aquí que en otros lugares de la sierra del norte (Salomon, 1986, pp. 205-210). Si bien los Pasto no se involucraron en la construcción de trabajos en tierra monumentales, existe todavía considerable evidencia de la estratificación local en esta región. En particular, las fosas profundas por las que la región Carchi-Nariño es famosa, así como el contenido de las tumbas, claramente señalan diferencias en el estatus social. Las élites fueron enterradas en tumbas que podían alcanzar de 30 a 40 metros de profundidad con múltiples acompañantes y grandes cantidades de oro, plata, tumbaga (una aleación ternaria de oro, plata y cobre), cerámica, y objetos de concha (Francisco, 1969; Grijalva, 1937; Uribe & Lleras, 198283). Los nobles de menor importancia eran enterrados en tumbas más superficiales, de entre siete a diez metros de profundidad, mientras que las tumbas de la población plebeya eran mucho más superficiales y por lo general no tenían ofrendas (Francisco, 1969; Grijalva, 1937; Uribe & Lleras, 1982-83). Si bien normalmente se considera que los incas despreciaron a los Pasto por considerarlos bárbaros empobrecidos que ni siquiera merecían el esfuerzo de ser conquistados (Cabello Balboa, 1951[1586], p. 384), parece más probable que simplemente no llegaron a someter a esta provincia étnica antes de la llegada de Pizarro. LAS HUELLAS DEL IMPERIO EN LA FRONTERA NORTE Las investigaciones arqueológicas realizadas en el último medio siglo indican que los sitios inca construidos en las provincias estuvieron bien planificados, espaciados en intervalos regulares y bastante estandarizados en términos de disposición y componentes (D’Altroy, 1981; Gasparini & Margolies, 1980; Hyslop, 1984, 1990; Idrovo, 2000; Julien, 1983; Matos, 1994; Morris & Thompson, 1985; Raffino, 2004). Si bien esto no quiere decir que el trabajo comparativo detallado no logre revelar la variabilidad en elementos, materiales y modos de construcción específicos, entre otros (ver Nair & Protzen, este libro), la impresión general es que el Estado requirió un grado considerable de conformidad respecto al entorno construido. En los Andes ecuatoriales parece haber un repertorio bastante limitado de los tipos de sitios imperiales incaicos, aunque sí existe cierta evidencia de innovación dentro de los parámetros generales. De acuerdo con Cieza de León (1995[1553], pp. 109-140), quien recorrió el norte del Tahuantinsuyo en la década de 1540, podemos dividir los sitios inca de la 820
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