con sus vecinos de zonas cercanas, que los incas también debieron aprovechar. Ello implica «que la frontera incaica no fue simplemente una impenetrable línea militar marcada por fortalezas, sino un borde bastante más amplio, de relaciones complejas, límites difusos y políticamente inestables» (del Río, 2004 y 2011). Ello hace suponer también que en tiempos de guerra pudo haber funcionado como frontera, pero en tiempos de paz debe haber sido flexible (Schramm, 2012; Meruvia, 2000). CONCLUSIONES En los acápites precedentes, a la luz de las investigaciones desde una perspectiva regional y de indicadores arqueológicos correspondientes, se han ido estableciendo ya ciertas conclusiones: que Inkallajta no es simplemente una «fortaleza» y menos una frontera, sino una gran capital —y muy probablemente una waka—, que tiene diversos componentes y ha cumplido variadas funciones, dentro una intención ideológica y hegemónica por parte del imperio. Asimismo, se ha delineado la constatación del imperio y su poder en cuestiones objetivadas, tomando en consideración el papel de los kurakas en este sentido y las relaciones que se establecieron a nivel local. Por otra parte, se ha dado cuenta del interés inca en los recursos, especialmente la coca, y de variadas y diversas formas de control que precisó una burocracia consecuente y la movilización de mano de obra, para finalmente establecer la importancia de Inkallajta a nivel regional y del Kollasuyo, según los breves acercamientos comparativos con los sitios incas más representativos de Bolivia y el NOA. Nos queda afirmar, en términos generales, que indudablemente la expansión del Imperio inca en el actual departamento de Cochabamba, en Bolivia, puso en funcionamiento una nueva estructura de relaciones de poder; la ingeniería social practicada y la escala productiva allí desarrollada seguramente tuvieron un impacto estructural en todo el aparato estatal. Si bien los sitios que se constituyen como importantes elementos de esta presencia en el valle central son especialmente Inkarracay y Cotapachi (Byrne, 1974 y 1975) —especialmente este último que con sus 2500 collcas o silos fue la instalación más grande de almacenamiento estatal que se conoce—, por las investigaciones realizadas, la magnitud de las instalaciones, la cantidad de silos incas existentes en Pocona, los caminos, etcétera, consideramos que, mientras que los productos almacenados en Cotapachi iban directamente al Cuzco a 688
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