realizados por cuenta del Estado o las autoridades étnicas, como lo testimonia la visita de Chucuito, que informa que los 40 o 50 arrieros que los ayllus proveían anualmente al kuraka para conducir sus animales hasta los valles occidentales en busca de maíz, recibían también chuño, charki, quinua y coca para su consumo y para realizar sus propios rescates (Díez de San Miguel, 1964[1567], p. 21). De hecho, hay razones para pensar que, lejos de interrumpir el intenso tráfico caravanero preexistente, el Tawantinsuyu lo reorientó de acuerdo a los intereses del Estado. La relación de ciertos sitios con el tránsito caravanero puede ser reconocida por la presencia de dispositivos arquitectónicos que, según observaciones etnoarqueológicas (Nielsen, 1998-99), facilitan el manejo de las recuas. Cuando los arrieros sienten que algo puede amenazar a sus llamas donde paran a pernoctar al final de la jornada, consideran necesario sujetarlas durante la noche. Esto puede lograrse mediante simples sogas con las que amarran varios animales por el cuello para formar un «cerco» en cuyo interior se encierran los demás, un sistema que no deja marcas arqueológicas (figura 16.7). Pero aún mejor es contar con corrales, cuyos muros son también aprovechados en la actualidad por los propios arrieros como reparos para resguardarse del viento en la noche. Corrales, cercos o estructuras semejantes capaces de limitar el movimiento de las llamas son también útiles durante la trabajosa tarea de cargar y descargar. Esta preocupación se reconoce en el diseño de la vivienda pastoril actual, que suele estar formada por habitaciones (dormitorios, cocina, depósitos) distribuidas en torno a un patio donde se encierra la tropa para cargarla cuando se sale de viaje (figura 16.8). 589
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