Stanish (1997, p. 207) observa cierto desplazamiento de la población a mayor altitud durante el Horizonte Tardío, atribuyéndolo a un uso más intensivo de las pasturas para sustentar los hatos incaicos. Algunos sitios que podrían vincularse al pastoreo estatal más al sur son Tambo Chungara (Muñoz, 1998) en el Altiplano de Arica y Yoscaba en la Puna de Jujuy (Raffino y otros, 1986), aunque ninguno de ellos ha sido suficientemente investigado aún. Curiosamente, en zonas de alta puna ocupadas por pastores especializados (Puna occidental de Jujuy, sureste de Lípez) no se han identificado instalaciones incaicas —lo que sugiere cierta independencia del control estatal— aunque ocasionalmente se encuentra cerámica imperial en los pequeños asentamientos de la zona (Nielsen, 2009; Solá, 2011). Esto podría marcar una voluntad del Tawantinsuyu de vincular mediante obsequios a estos grupos políticamente descentralizados o simplemente mostrar que incluso bienes connotados como estos circulaban habitualmente en las redes informales de intercambio, interpretaciones que no son mutuamente excluyentes. De hecho, el estudio sobre cuatro corredores de tráfico entre el altiplano de Lípez y el desierto de Atacama mencionado anteriormente demostró que, a pesar de que solo dos de ellos fueron atravesados por el qhapaq ñan, cerámica inca imperial y otros bienes connotados circularon por todas las rutas, encontrándose ocasionalmente en sencillos campamentos de caravanas lejos de las vías oficiales. En los valles altos, en cambio, el Estado parece haber intensificado el componente agrícola, como lo ejemplifica el caso del Mantaro, donde se advierten desplazamientos de la población hacia cotas más bajas y la construcción de centros productivos y de almacenaje en el fondo de valle (D’Altroy, 1992; D’Altroy & Hastorf, 2001). La instalación de centros incaicos y el crecimiento de los conglomerados asociados a zonas de cultivo en ambiente de kichwa y suni han sido notados también cerca de Junín, en los valles de Tarma y Ricrán (Parsons, 1998; Parsons, Hastings & Matos, 2000). Más al sur, es conocido el desarrollo de un gran proyecto agrícola en el valle de Cochabamba (Wachtel, 1981) y otro en las cabeceras de la quebrada de Humahuaca-Iruya-Nazareno (Nielsen, 2001; Ventura & Albeck, 2016). En ambos casos, sin embargo, la necesidad de numerosos animales de carga para distribuir la voluminosa producción de estos centros a otras regiones exigió mantener espacios ganaderos en su cercanía. En el caso de Cochabamba, las fuentes históricas consignan que 582
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