que incluía ritos destinados a propiciar la multiplicación del rebaño. Los responsables de los hatos en cada localidad recibían entonces castigos o premios, según los resultados de la temporada. La importancia de la ganadería imperial era tal, que el encargado general de los rebaños del estado en Cuzco era el sobrino del propio inca y su hijo el responsable de los hatos del sol (Dadenbach-Salazar, 1990, p. 128). Las cifras que dan las fuentes escritas sobre la dimensión de los rebaños son poco confiables, pero dan cierta idea de la magnitud que pudo alcanzar la riqueza pastoril en algunas regiones. Así, para el alto valle del Mantaro, Browman (1974, p. 189) estima que los rebaños del Estado y del culto sumaban unas 150 000 cabezas, mientras que los pertenecientes a las comunidades locales y sus autoridades aproximarían 500 000. En la cuenca del Titicaca, los hatos campesinos solían tener más de 100 animales, aunque algunos tenían pocas decenas y los más ricos superaban el millar; los rebaños de comunidad sumaban miles y se menciona un señor lupaqa propietario de 50 000 animales (Díez de San Miguel, 1964[1567]). Los rebaños destinados a las wak’as, en cambio, estaban en el orden de varios centenares (Murra, 2002[1964], p. 320). Lamentablemente, existen pocos datos arqueológicos sobre las características específicas del pastoreo inca en distintas partes del Tawantinsuyu como para apreciar sus variaciones regionales. Algunas evidencias sugieren que los incas intensificaron la ganadería entre los pastores diversificados de puna mientras que pusieron énfasis en el cultivo entre los agropastores de valle. En la Puna de Chinchayqocha (Junín), por ejemplo, la infraestructura ganadera estatal incluía al menos un centro administrativo (Chakamarca), dos tambos y numerosos corrales aislados, posiblemente distribuidos en función del desplazamiento estacional de los rebaños. Este último patrón revela un modo diferente —posiblemente más eficiente— de aprovechar las pasturas respecto al periodo anterior, cuando los corrales formaban conjuntos directamente asociados a sitios residenciales fortificados (Parsons, 1998). La presencia de conjuntos de corrales en otros centros administrativos de la sierra, como Huánuco Pampa o Pumpu, está marcando también su estrecha vinculación con la ganadería en las tierras altas. Aunque las fincas reales de la región del Cuzco se destacan principalmente por la agricultura (Niles, en este volumen), algunas de ellas tuvieron un importante componente pastoril, como el ejemplifica Choqek’iraw, con sus corrales y espectaculares representaciones de camélidos (Lecoq, 2013). En la región del Titicaca, 581
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx