la sierra peruana como el Mantaro (D’Altroy & Hastorf, 2002), así como en los valles y quebradas del flanco oriental del Altiplano-Puna, como Cinti (Rivera, 2006), Humahuaca (Nielsen, 2001) y Calchaquí (Tarragó, 2000; Williams, 2014). El propio Estado cuzqueño se basó en una estrategia similar durante el PIT, aunque la escala y centralización de su estructura política lo diferencian de las demás comunidades agropastoriles de la época (Bauer y Smit en este volumen; Covey, 2006). En los valles bajos, el pastoreo se encontraba claramente subordinado — o incorporado— al programa de trabajo agrícola. Dada la imposibilidad logística de articular las praderas de puna o suni, los cultivos debieron aportar la mayor parte del sustento de los rebaños que, además, aprovechaban la vegetación de sectores particularmente favorables, como las lomas y áreas pantanosas en la costa norte del Perú (Goepfert & Prieto, 2016; Szpak y otros, 2014) o las serranías interfluviales en la región Valliserrana de Argentina y Norte Chico de Chile (Castillo, 1989; Hidalgo, 1989, p. 290). La cría de llamas debió estar organizada en formas muy diversas dentro de esta estrategia, puesto que abarca situaciones ambientales y políticas muy diferentes, desde el reino Chimú en la costa norte, hasta las comunidades Diaguitas o Angualasto en los valles subandinos del sur. Aunque cabe suponer que las llamas ocupaban un lugar secundario en el consumo de todos estos grupos, no debería subestimarse su importancia económica, particularmente como proveedoras de fibra y animales de carga. Las formas de propiedad del ganado y las relaciones de trabajo debieron variar en el marco de distintas estrategias. Con referencia a los pastores diversificados del Titicaca, las fuentes del siglo XVI (Díez de San Miguel, 1964[1567]) dan testimonio de la existencia de tres tipos de rebaños, propiedad de los grupos domésticos, de los kurakas y de la comunidad, pertenecientes a distintas unidades en las jerarquías segmentarias (ayllus, mitades, etcétera). Mientras que los primeros estaban al cuidado de distintos miembros de la familia —incluyendo niños— los dos últimos eran atendidos rotativamente por pastores que aportaban los grupos domésticos, un servicio que se justificaba porque los rebaños de la autoridad y la comunidad permitían financiar actividades que redundaban en beneficio colectivo —como celebraciones públicas y ofrendas a las wak’as— o asistir a personas que lo necesitaban. Dado el gran tamaño de sus hatos, algunos kurakas contaban además con el servicio de pastores de tiempo completo (llama michiq), una condición que era hereditaria. Los 573
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