El imperio inka

ejemplo, lupaqas, carangas, chinchayqochas) desarrollaron los rebaños de mayor tamaño y, gracias a la diversificación de su economía, alcanzaron poblaciones de gran magnitud y relativamente concentradas. Sus sistemas de asentamiento combinan aldeas defensivas dotadas de corrales y — cuando el ambiente lo permite— áreas de cultivo, además de estancias dispersas vinculadas al desplazamiento estacional de los rebaños. La extensión de los núcleos residenciales varía, pero llega a las 200 viviendas en las punas de Chinchaycocha (Parsons, Hastings & Matos, 1997) y Andahuaylas (Bauer & Kellett, 2010), así como en Carangas (Villanueva, 2015), Uyuni (Lecoq, 1999; Nielsen, 2002) y Guayatayoc (Albeck, 2010), mientras que en la cuenca del Titicaca pueden superar las 600 viviendas (Arkush, 2011), gracias a la mayor productividad de este ambiente de puna húmeda asociada con recursos lacustres. La intensificación de esta estrategia pastoril diversificada fue una respuesta común a las sequías propias del PIT en las tierras altas, particularmente donde no era posible expandir la agricultura de riego (Kellett, 2013; Stanish, 2003). La estrategia agropastoril, propia de valles altos (intermontanos en los Andes Centrales, Cirum-puneño-altiplánicos en los Andes del Sur), también conjugaba ambas formas productivas, pero daba prioridad a la agricultura en la organización de los programas de trabajo. Esta actividad típicamente combinaba especies microtérmicas sembradas a temporal en los sectores más elevados con el cultivo intensivo y bajo riego de especies mesotérmicas como maíz (Zea mays), calabaza (Lagidium sp.), frijol (Phaseolus vulgaris) y maní (Arachis hypogaea) en los fondos de valle. El pastoreo podía integrarse a este escenario de diversas formas, por ejemplo, a través de desplazamientos estacionales, subiendo los rebaños durante la temporada agrícola a las partes altas —suni o puna adyacentes— donde prosperan los pastos tiernos al amparo de las lluvias y bajándolos a la kichwa en la estación seca para aprovechar los desechos de los campos y forrajes cultivados en las proximidades de los núcleos residenciales, donde podrían además ser protegidos en situaciones de conflicto. Dada su elevada productividad, esta estrategia sustentó los mayores conglomerados residenciales del periodo, con tamaños máximos en el orden de millares de habitantes, aunque varían significativamente según el potencial agrícola de cada región. Estos sitios suelen ocupar posiciones defensivas y a menudo se encuentran fortificados, testimonio de la importancia de la guerra en la vida política durante los siglos XIII y XIV. Estrategias mixtas como esta han sido arqueológicamente documentadas en los valles intermontanos de 572

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