base agropastoril, por ejemplo, en ciertos sectores del Altiplano sur (Bolivia) y la Puna argentina (Nielsen, 2009). No se encuentran aquí los asentamientos defensivos que caracterizan el PIT en regiones de menor altura de los Andes del Sur, sino solo sitios pequeños y sin defensas, equivalentes a las estancias dispersas que ocupan temporariamente las familias pastoriles actuales en distintas épocas del año. Los sitios muestran una diversidad notable de materias primas líticas y sus conjuntos cerámicos incluyen estilos diagnósticos de distintas regiones, lo que sería consistente con una activa participación en el tráfico caravanero de larga distancia. A diferencia de las comunidades contemporáneas involucradas en tareas agrícolas, pareciera que estos grupos se mantuvieron al margen de los conflictos y que no se integraron a formaciones políticas mayores ni desarrollaron identidades étnicas emblemáticas. Esto podría dar cuenta de su baja visibilidad en las fuentes coloniales, donde a veces se los menciona en términos estereotípicos como «salvajes» (cimarrones), pobres y carentes de gobierno o asiento permanente (Lozano Machuca, 1992[1581]). Es probable que comunidades de pastores especializados como estas hayan existido en las punas altas en otras partes de los Andes, en los intersticios entre territorios étnicos o laxamente integrados a formaciones políticas mayores. Las principales economías ganaderas, sin embargo, se basaron en una combinación del pastoreo con el cultivo atemporal de especies microtérmicas, quinua (Chenopodium quinoa) y papa (Solanum tuberosa) principalmente, pero también otras de importancia más local, como kiwicha (Amaranthus caudatus) o maca (Lepidium meyenii). Esta parece haber sido la estrategia predominante en las cuencas altiplánicas del Titicaca, Poopó, Uyuni y Guayatayoc, con cotas basales entre 3500 y 3800 m, así como en la sierra del Perú, donde los pastores de puna pudieron practicar algunos cultivos en los sectores más bajos y en cercanas cabeceras de valle o articularse con agricultores de altura a través de instituciones en las que las prácticas ceremoniales jugaron un papel destacado (Parsons, Hastings & Matos, 1997). La proximidad de las áreas de pastoreo y cultivo era ventajosa para ambas actividades al permitir, por ejemplo, echar los rebaños a los campos en invierno para aprovechar los restos de la cosecha y fertilizar la tierra, mientras que la especialización de ciertos individuos o unidades domésticas en la cría de los rebaños de todo el grupo de parentesco o ayllu (Murra, 2002[1964], p. 317) liberaría parte de la fuerza de trabajo para atender la agricultura. Estos grupos (por 571
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