En lo posible, las comunidades andinas han buscado siempre combinar la ganadería y la agricultura para lograr una base de subsistencia más diversificada y estable, aunque esto genera conflictos en torno al empleo de la mano de obra, ya que las mayores demandas de trabajo de ambas actividades se superponen en la estación de lluvias, particularmente entre noviembre y febrero, cuando la esquila, el nacimiento y la cruza de los camélidos exigen atención constante por parte de los pastores. El problema se agudiza cuando aumenta la separación entre las zonas de pastoreo y las tierras de cultivo, como ocurre en el altiplano o en los valles, situación que favorece la especialización en una u otra actividad (Parsons, Hastings & Matos, 1997). Esta limitación fue a menudo superada mediante el desarrollo de mecanismos capaces de integrar pastores y agricultores especializados en economías colectivas de mayor escala, en las que las instituciones políticas y religiosas desempeñaban una importante función redistributiva. La arqueología ha identificado formaciones de este tipo para el PIT en varias regiones, aunque aparentemente no tuvieron la escala ni cohesión que alcanzaron las «economías étnicas» del siglo XVI (Murra, 2002; Platt, Bouysse-Cassagne & Harris, 2006). Poniendo énfasis en la importancia relativa de la ganadería y su articulación con la agricultura cabe reconocer cuatro estrategias políticoeconómicas principales, asociadas a ecozonas distintivas, en cuyo seno se desarrollaba la cría de camélidos al momento de la expansión inca: (1) pastoreo especializado (puna > 4000 m), (2) pastoreo diversificado84 (puna-suni > 3500 m), (3) agropastoreo de valles altos (kichwa > 2000 m) y (4) agricultura con ganadería suplementaria en valles bajos (< 2000 m). Justifica la diferenciación de estos tipos —que hasta cierto punto representan un continuo— el lugar que ocupa el pastoreo en la organización total de los programas de trabajo en distintas comunidades, lo que a su vez influye significativamente en la densidad y movilidad de los grupos humanos. En su estudio pionero sobre la ganadería en el Estado inca, Murra (2002 [1964], p. 309) propuso que la primera de estas estrategias no existió antes de la Conquista, sino que los pastores estuvieron siempre integrados en formaciones políticas mayores con economías agropastoriles diversificadas como las que caracterizó en sus modelos de «archipiélagos verticales». Los estudios arqueológicos, sin embargo, han identificado sectores de puna ocupados en tiempos prehispánicos por pastores especializados que no parecen haber estado afiliados a ninguno de los colectivos étnicos de 570
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