obras de Guaman Poma de Ayala (1956), Bernabé Cobo (1890) y el P. José de Acosta (1984), entre varios otros, dan cuenta de esta práctica religiosa en los Andes. Por otro lado, Elizabeth Benson (1972) y Christopher Donnan (1978) han demostrado que la importancia de los cerros dentro de la ideología andina, tanto de la sierra como de la costa, posee una profundidad temporal muchísimo mayor que la época Inca (Berenguer, Aldunate & Castro, 1984). Por décadas, en las tierras altas de la región del río Loa, en el norte de Chile (ver mapa), hemos conocido de la veneración a los cerros por parte de la población originaria. Nuestro primer interés en estudiar este tema nació de la propia arqueología, al constatar la recurrente orientación de los vanos de las chullpas de la Fase Toconce (ca. 850-1380 d.C.) hacia los cerros circundantes (véase Berenguer, Aldunate & Castro, 1984) y hoy tutelares en el área de estudio. La adoración de los cerros es, en el presente, una práctica muy difundida en los Andes y que los pueblos originarios mantienen simultáneamente con las prácticas de culto cristiano. En estos pueblos existe la creencia de que en los cerros residen ciertos espíritus o divinidades poderosas. Uno de los elementos de mayor valoración y que impregna toda la vida cotidiana de los lugareños es el paisaje; su percepción denota un saber íntimo y coloquial lleno de sacralidad que se integra y subordina a un concepto del paisaje que en el mundo andino pareciera ser uno de los niveles privilegiados de clasificación y significación (Martínez, 1983). En este contexto, diversos autores han señalado la importancia que tienen los cerros para la población originaria de la región del río Loa81, a la que nos referiremos de modo más particular, aun cuando esta visión de mundo es parte de los pueblos originarios andinos del Perú, Bolivia, norte de Chile y Noroeste argentino. Un viejo campesino de Lequena, punto situado en la ribera del Alto Loa, relataba que los cerros y volcanes tenían distintos orígenes. Los primeros, decía, son estrellas que bajaron a la tierra y se transformaron en cerros, en tanto que los volcanes regulan el funcionamiento de la tierra, puesto que existen volcanes de fuego (por ejemplo, el Licancaur), de agua (por ejemplo, el San Pedro) y de viento. De estos últimos depende, en gran medida, el que haya tormentas y lluvia (Castro & Martínez, 1996). Aparentemente, el sistema de veneración a las altas cumbres está, de alguna manera, relacionado con el culto de los antepasados en tres niveles de sacralidad ascendente: el nivel más inmediato estaría compuesto por los 539
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