El imperio inka

intensivo consumo de chicha y coca en el contexto ceremonial de la Qhapaqocha (véase Wilson y otros, 2007; Brown y otros, 2008). El peregrinaje que los incas efectuaban hacia las montañas en los confines del territorio imperial sentó las bases para procesiones andinas en altura que actualmente continúan desarrollándose en forma tradicional, tanto en montañas del norte de Argentina como en nevados del sur del Perú (véase Ceruti, 2013a), en el norte de Chile y Bolivia. En trabajos etnográficos en altura se han documentado las procesiones que tienen lugar en las serranías que forman el límite oriental de la Quebrada de Humahuaca, en particular los peregrinajes colectivos a los santuarios de Punta Corral (Ceruti, 2011b) y Sixilera (Ceruti, 2015d). Asimismo, la observación participante en sucesivas instancias de actualización de la moderna procesión a la cima del cerro Macón, en la puna de Salta, ha permitido analizar su articulación con los procesos de reivindicación de la identidad andina en el norte de Argentina (véase Ceruti, 2011a). Como hemos podido apreciar a partir de la sección precedente, las ofrendas en tiempos del inca son variadas; sin embargo, hay un cierto patrón que se reitera: textiles, piezas de oro y plata, Spondylus, plumas, hojas de coca, por mencionar algunas de las que acompañan a la Qhapaqocha. No obstante, la arqueología también nos permite saber que en muchos cerros no hubo Qhapaqocha, pero sí ofrenda inca (cerámica imperial cuzqueña o provincial por ejemplo y arquitectura ceremonial) o probablemente preínca (maderos para hacer fuego, cerámica de señoríos altiplánicos preínca). Hasta el siglo XX, frente a las sequías extremas, la gente de tierras altas bajaba hasta el mar, con el solo fin de traer agua de mar para ofrendarla al cerro tutelar; tanto esta ofrenda, como la chicha prehispánica, prácticamente no deja huellas. De acuerdo con las peticiones, se les podía ofrendar ocasionalmente plumas de parina, pero habitualmente la ofrenda más generalizada era alcohol que se asperjaba hacia los cerros mientras se los nombraba; y también hojas de coca, a través del «convido», acto en el cual el oferente le ofrenda primero a los cerros en el acto de invocación y luego se convida a sí mismo, ritual que puede durar bastante de acuerdo al número de oferentes. En cualquier caso, estas ofrendas corresponden a conjuntos sociales que a lo más están articuladas como sociedades de rango y necesariamente se comportan como tales y no como un poderoso imperio. Varios investigadores, dedicados al estudio de este tema, han denotado el nexo que puede existir entre los recursos mineros y estos adoratorios, por 537

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