Las momias congeladas descubiertas en la alta montaña andina aportan un inusual ejemplo de visibilidad arqueológica de actores sociales en ceremonias antiguas. Ello permite contrastar en la evidencia arqueológica los procedimientos que las fuentes etnohistóricas refieren en torno a la selección de las víctimas y a las técnicas empleadas para el sacrificio. Según los cronistas españoles, un elemento distintivo de las ceremonias de Qhapaqocha era el perfil de las ofrendas humanas, que debían ser niños y mujeres jóvenes vírgenes y poseedores de un alto canon de belleza (véase Ceruti, 2005b). En este sentido, cabe considerar el papel protagónico de los niños en las ceremonias de Qhapaqocha como un antecedente que contribuye a explicar la importancia de la participación infantil actual en distintos roles religiosos en los Andes, como en el caso de los «niños rezadores» en el mundo aimara, o el fenómeno de la devoción popular a los llamados «angelitos riojanos» (véase Ceruti, 2010). Las fuentes históricas refieren que, durante las ceremonias incaicas de Qhapaqocha, los niños eran sacrificados alternativamente mediante golpes en la cabeza, estrangulamiento o bien enterrados vivos (Murúa, 1946[1590], p. 263). En efecto, la momia Juanita del nevado de Ampato presenta fractura en el cráneo (Reinhard, 1997), al igual que el individuo femenino del Sara-Sara (Reinhard, 1998). El estrangulamiento ha sido inferido como técnica de muerte en el sacrificio de las jovenes del cerro Esmeralda (Checura, 1977) y del individuo masculino del cerro El Toro (Schobinger, 1966). La alternativa de ser enterrado vivo —o previa asfixia — resulta compatible con las evidencias en el cuerpo del niño del nevado de El Plomo y de las niñas del Llullaillaco. Por otra parte, no se debe dejar de considerar el probable efecto del agotamiento ocasionado por el ascenso, el frío extremo y la altitud en el entorno de montaña, que parecen haber dado cuenta de la muerte del niño del volcán salteño (véase Ceruti, 2014b y 2015b). El sacrificio humano entre los incas era precedido de comida y bebida, por la que se pretendía contentar a las víctimas a la vez que se contribuía mediante la ingestión de alcohol, a que estas entraran en un estado de sopor que facilitara su tránsito al más allá (Molina, 1959, p. 93). Consta en las fuentes que: «A los niños, para que no sintiesen dolor en su muerte, los privaban del juicio adurmiendo sus sentidos con la chicha que les daban de beber» (Ramos Gavilán, 1976, p. 81). Los recientes análisis de cabello efectuados en las momias del Llullaillaco han revelado detalles acerca del 536
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