primera instancia de convergencia en la ciudad capital del Cuzco, de víctimas sacrificiales y ofrendas procedentes de todo el imperio, y de una segunda instancia de redistribución de aquellas mediante desfiles y procesiones, hacia su destino final en los confines de los territorios conquistados por el Tawantinsuyu (véase Duviols, 1976). Niños menores de diez años de ambos sexos y jóvenes mujeres vírgenes eran elegidos por los incas para el sacrificio, porque su inocencia los convertía en candidatos más aceptables para estar cerca de los dioses (véase Ceruti, 2004c); probablemente esta idea de «pureza» o de persona inmaculada alude a la idea de inocencia, tan universalmente característica de niños y púberes. La creencia general era que después de la qhapaqocha, los niños y niñas se convertían en representantes de la comunidad ante las deidades, pudiendo intervenir en favor de su gente (Hernández Príncipe, 1986, p. 473). Los niños eran habitualmente hijos e hijas de jefes locales o curacas (Betanzos, 1996, p. 78). Por otra parte, existía un complejo sistema de selección, reclusión y redistribución de mujeres elegidas o aqlla que daba cuenta de las jóvenes que terminaban sus días sacrificadas en las cimas de montañas sagradas. Durante algunos años, dichas niñas eran instruidas en el arte del tejido y en la preparación de la chicha, y algunas de ellas eran luego enviadas a las capitales provinciales, donde permanecían en reclusión en las casas de las elegidas o las aqllahuasi bajo la custodia de mujeres consagradas o mamakunas (Murúa, 1946, p. 333). Entre los justificativos religiosos de los sacrificios y ofrendas efectuados por los incas en las altas montañas se mencionaba la conmemoración de eventos de la vida del emperador inca, la expiación preventiva de culpas orientada a garantizar su bienestar y el de sus súbditos, la propiciación de la fertilidad de ganados y cosechas, el éxito en la guerra, así como el apaciguamiento de catástrofes naturales. Las procesiones en marcha hacia las montañas elegidas contribuían a sacralizar activamente la geografía conquistada y a consolidar la dominación inca en los confines de los territorios conquistados (Ceruti, 2012a y 2014c). En la memoria oral de los pobladores atacameños modernos subsiste el conocimiento de la utilización ceremonial intensiva que los incas hicieron de las cimas de los volcanes del norte de Chile. Castro y Varela recogen la descripción de un pastor de Toconce acerca de las «mesas» que los «rey incas abuelos» tenían «en la punta de todos los cerros» (1992, p. 20). ARQUEOLOGÍA INCA EN LAS ALTAS MONTAÑAS ANDINAS 511
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