Las fuentes históricas refieren que las ceremonias incaicas conocidas como qhapaqocha se realizaban en ocasión de enfermedad o muerte del emperador inca, frente a sequías, erupciones volcánicas u otras calamidades naturales (ver por ejemplo Martín de Murúa (1986[1611], p. 420); o bien en forma periódica, durante las grandes festividades en honor al Sol. Dichas ceremonias consistían en la redistribución de las ofrendas aportadas por los curacas de las comunidades, desde el centro del imperio, el Cuzco, hacia las montañas en los confines de las provincias conquistadas. Los mensajeros enviados a las montañas para interceder ante los dioses debían ser niños bellos, inteligentes e inmaculados. Eran elegidos entre los hijos de los jefes locales y su destino era considerado un gran honor, puesto que los colocaba en una privilegiada posición de embajadores de sus comunidades en el mundo de los espíritus de las montañas y de los ancestros (véase Ceruti, 2005a). En ocasiones se trataba de jóvenes mujeres elegidas, conocidas en lengua quechua como aqllakuna. Las creencias compartidas por los incas y los pueblos andinos locales concebían al tránsito final de los niños y niñas escogidos como una prolongación de su vida en el mundo de los dioses (véase Ceruti, 2012b, 2012c y 2013d). Las ofrendas asociadas, que incluían calzado y abrigo suplementario, al igual que raciones de comida, miniaturas de vasijas cerámicas y figurinas, estaban simbólicamente destinadas a ser utilizadas por los elegidos en su peregrinar al más allá. Los cuerpos de los niños ofrendados por los incas en las máximas alturas de los Andes se han conservado hasta nuestros días momificados naturalmente por las bajas temperaturas. Los trabajos de campo que los arqueólogos profesionales hemos realizados ulteriormente en esas y otras cumbres andinas han permitido recuperar datos importantes acerca de las ceremonias incaicas de qhapaqocha. Por otra parte, los avances en la arqueología de alta montaña han hecho posible la puesta a resguardo y subsecuente estudio científico de numerosas momias congeladas de época Inca, que de otro modo habrían resultado destruidas en manos de huaqueros, por efectos climáticos o por actividades antrópicas (véase Ceruti, 2013e). Por ejemplo, a fines de los años ochenta, el antropólogo norteamericano Johan Reinhard inició una década de campañas científicas de excavación arqueológica en volcanes del sur de Perú, que conllevan el hallazgo y recuperación de contextos de 512
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