El imperio inka

ceremonial principal, el Templo del Sol, ha sido parcialmente conservado. Era el punto nodal de un cosmograma, una suerte de modelo del mundo, imaginado como líneas que irradiaban de este centro como un quipu extendido con cerca de 400 lugares de memoria como «nudos» en sus «cuerdas» (ver capítulos 8 y 10 por Earls y Cervantes, y Cummins, respectivamente). Basándose en Cobo (1964[1653]), Zuidema (1964) ha interpretado este modelo como una representación espacial de la organización social y política, así como un calendario basado en observaciones astronómicas (ver también Zuidema, 2010). Los principales componentes de estos paisajes son agua en forma de arroyos, ríos, cascadas, fuentes, canales y reservas, así como piedras que parecen montañas, afloramientos o rocas de gran tamaño, movidas intencionalmente o dejadas en su lugar, esculpidas o sin modificar (Kaulicke, Kondo, Kusuda & Zapata, 2003, pp. 44-46; para ejemplos, ver las figuras en el capítulo 10 por Cummins). Guchte (1990, pp. 331-333) señala diferentes conceptos vinculados a las rocas como símbolos de conmemoración, lugares de origen, vínculos entre seres metafísicos y el mundo de los hombres, o marcadores de territorio, irrigación y campos de cultivo. Otras, como altares para las ofrendas y libaciones, son un medio entre los vivos y los muertos. Finalmente, hay marcadores de estatus en un sistema de oposiciones como hierofanías (manifestaciones de lo sagrado) en el concepto de huaca «que involucra cultos ancestrales y muerte, reyes vivientes y batallas con seres sobrenaturales, así como actividades de oráculos y chamanes» (Guchte, 1990, p. 332). Por tanto, es evidente que agua, rocas e instalaciones funerarias están íntimamente conectadas, pero los intentos de explicar la actitud incaica hacia el paisaje y sus componentes a menudo nacen de un popurrí de cuentos populares de la Colonia hasta los tiempos modernos que no se limitan a la zona del Cuzco, así como de especulaciones filológicas basadas en diferentes fuentes de distintos momentos y lugares. Este procedimiento se justifica normalmente en el supuesto de una unidad espacial y temporal de los Andes, del Cuzco como un pueblo y de la historia inca como mito, y ha sido defendido con mayor tenacidad por Zuidema (ver Nowack, 1998). Como resulta predecible, sin embargo, estos enfoques basados en texto no se prestan para el análisis de paisajes concretos sin la documentación precisa de los ejercicios o por medio de excavaciones. Pese a que solo estos últimos pueden ofrecernos las pistas necesarias para comprender su 494

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