El imperio inka

de este patrón: eran reclamadas por un individuo y trabajadas de forma privada para su beneficio; podían ser expandidas o usurpadas por incas posteriores. Sin embargo, también podemos verlas como tierras tradicionales andinas: eran gestionadas por una panaca —un grupo basado en parentesco que compartía tanto el lejano ancestro mítico que les daba el capac y el ancestro masculino cercano que les otorgaba su nombre de familia—; los derechos de uso eran otorgados por un miembro masculino mayor de la panaca —en teoría, el Inca o el miembro masculino de mayor edad actuaba en su nombre cuando era momificado—; y el beneficio era devengado a los miembros de la panaca, entre otros. Sin la tierra de la panaca no existía un lugar para que los miembros de las familias reales vivieran ni nada que permitiera su subsistencia. Por lo menos parte del trabajo en las fincas era realizado por trabajadores traídos de rincones lejanos del imperio como mitimaes (colonos permanentemente trasplantados) para trabajar como agricultores (chacracamayos) o para realizar otras actividades. Ellos y sus descendientes permanecían al servicio del propietario de la finca. Tenían el estatus de yanacuna (siervos por herencia) y su trabajo era supervisado por los incas étnicos. De esta manera, la estructura social de las fincas actuaba como un microcosmos del imperio, donde los incas mantenían el control sobre otras poblaciones (ver Rowe, 1982 para una discusión de estos y otros estatus. Los incas desarrollaron fincas en y alrededor de Cuzco, su ciudad capital, en lugares que consideraban adecuados para la producción de los bienes que necesitaban, que consideraban agradables, y que tuvieran importancia simbólica para ellos o para las personas que vivían en la zona antes de que los incas usurparan sus tierras. 459

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx