El imperio inka

Inkapirca, en las montañas al sur de Ecuador, tienen piedras cortadas con el objetivo de articular con precisión esta curvatura. El muro curvado rompe la regularidad rectangular que observamos en casi todos los demás edificios incaicos, lo que resalta de manera visual la elevada sacralidad de dichas estructuras. O, como ya hemos mencionado, la puerta de doble jamba dirige la atención hacia la puerta gracias a su repetición formal. Mediante el análisis lingüístico, Mannheim (s.f.) ha identificado la recursividad como uno de los procesos formales clave por los que las cosas se hacen autotélicas —es decir, la interpretación se construye en el objeto —. El autotelismo de una puerta de ingreso inca es la doble jamba, lo que evidencia que no se trata de cualquier puerta, sino de una que demanda una interpretación de quien la utilice. En este caso, al ver y atravesar este tipo de puerta, debemos entender que esta marca el ingreso a lo que se ubica más allá del plano normal. El estilo de la forma incaica también puede marcar el pasado mítico/histórico como algo recordado y presente. La materialización de la historia y mítica incaica puede entenderse primero en términos de lo que uno debía ver en el estilo de la mampostería incaica. El trabajo de piedra en sus construcciones, por supuesto, demuestra una variedad de estilos en el tallado de las piedras, el tipo de piedras utilizadas, las juntas, etcétera (Dean, 2010). Como mencionamos antes, estas diferencias podrían haber señalado la interpretación esperada de cada estructura, aunque por lo general tenían el objetivo de señalar la presencia del inca y de su naturaleza divina, así como proveer la matriz en que dichos rituales se llevarían a cabo. Los muros exteriores, por lo tanto, eran tan, sino más, importantes para la creación de espacios performativos que cualquier interior incaico. De igual importancia y en conexión con la creación de los espacios rituales, los muros y construcciones incaicos buscaban también evocar el origen religioso y cultural de los incas en el Tiahuanaco, como ya han mencionado antes otros autores de este libro (ver los capítulos 3 y 4 por Cerrón-Palomino y Shinoda, respectivamente) El cronista jesuita Bernabé Cobo, por ejemplo, escribe que el gran líder inca Pachacútec transformó al Cuzco en una gran ciudad, llena de magníficos edificios. Para Cobo, lo que Pachacútec vivió en Tiahuanaco fue lo que lo inspiró a construir como lo hizo, pues allí encontró magníficas construcciones cuyo trabajo en piedra, que nunca había visto antes, generó su admiración. Así, mandó a que sus 360

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