variación microambiental, se les asigna agua consecutivamente en una secuencia fija basada en el orden de siembra y maduración de la cosecha. Durante cada ciclo del sistema, el agua pasa por todos los sectores actualmente en producción, alcanzando cada parcela antes de comenzar de nuevo. En segundo lugar, los campos en cada sector reciben agua de la misma manera en un rígido orden continuo, comenzando en el centro del sector y moviéndose sistemáticamente hacia arriba, de tal manera que el tiempo en el que reciben agua depende únicamente de su ubicación, en lugar de quien posee la tierra, o las cosechas específicas que se han plantado (Trawick, 2002, pp. 40, 41). En el presente contexto debe ser resaltado que, en épocas de sequía, cuando el periodo entre riego excede los noventa días, el distribuidor de agua toma acciones para asegurar que la duración no vaya más de cien días (sacando algunas parcelas de las partes más altas de la secuencia de distribución [Trawick, 2002; n. 5, 41]). Para la mayoría de variedades andinas de maíz, el tiempo entre los dos eventos metabólicos críticos ligados al agua —la siembra y la floración— es de hecho cerca de noventa a cien días (Earls, 2006a, pp. 129-136; Grobman, 1961). Los límites de tolerancia del estrés por falta de agua están fijados en el tiempo por estos eventos. Esto implica, entonces, que aun en tales circunstancias extremas la planta puede dar un rendimiento subóptimo con muy poca agua, tal vez con alguna lluvia esporádica durante el periodo de intervención, aunque rendimientos mucho mejores serán obtenidos obviamente con intervalos más frecuentes de irrigación. Desde esta perspectiva podemos responder el segundo punto de Wright y otros. En la interpretación de Earls de Moray, el ideal inca sería la no presencia del exceso de agua de irrigación (que debía ser drenada en el eje norte). En condiciones lluviosas, el exceso de agua sería canalizado directamente hacia abajo a través de los canales paqchas de entrada al sur, o más probablemente desviada antes de entrar al muyu, lo que significa que no se necesitarían paqchas de salida en el norte. Con estas consideraciones en mente, podemos enfocarnos en el primer punto. Las terrazas no se saturarían de agua durante la estación de siembra. Luego de cada irrigación el suelo se secaría nuevamente y la diferenciación microclimática seria así restablecida. Esta situación puede ser ejemplificada a partir de las mediciones realizadas por Earls durante su trabajo de campo. El 21 y 22 de setiembre de 1976 hubo lluvias muy fuertes en Moray, las que la población local refirió como lluvias fuera de estación (cabe resaltar el hecho de que los pobladores refirieron que el 265
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx