regular, y que los bienes más voluminosos no podían moverse de forma consistente a través de largas distancias. En quinto lugar, la distribución espacial de los recursos productivos en el imperio (por ejemplo, tierras de cultivo, pastizales, canteras de arcilla y metal) no era necesariamente congruente con las necesidades imperiales. Colectivamente, estas características implican que la mayoría de los recursos económicos generados por los incas estaban espacialmente limitados en su rango de uso y su fungibilidad. Muchos elementos de la economía imperial debían por ende replicarse a lo largo de sus dominios. Los Incas resolvieron estos problemas asignando recursos específicos y el personal necesario para trabajar en ellos, provincia por provincia, bajo la supervisión de gobernadores y élites subordinadas. Las instalaciones estatales cumplieron importantes funciones económicas dentro de todo este proceso (Morris, 1972; Hyslop, 1990). Allí se realizaba la mayor parte de la producción artesanal, ya sea por trabajadores dedicados como los aqllakuna o por mano de obra rotativa. Proveían también el sustento de los trabajadores itinerantes, como militares o viajeros en representación del Estado, en cuanto almacenaban bienes comestibles en sus masivas instalaciones. Por el lado recíproco, los centros provinciales eran el lugar donde se conducía la hospitalidad estatal, a veces en una escala de varios miles, y se asignaban las tareas de mano de obra según la vía administrativa. Los complejos de almacenamiento eran inmensos, quizá comparables a una escala global solo con los gigantescos almacenes que el Imperio romano mantenía para sostener a la población plebeya de Roma y alrededores (LeVine, 1992). Se construyeron cientos de facilidades, las más grandes de ellas aparentemente alrededor de Cusco, para alimentar y proveer a los residentes de la capital y a sus trabajadores de apoyo (ver fig. 7.6). En las provincias se levantaron varios cientos, e incluso algunos pocos miles, de estructuras similares cerca de las principales granjas y centros estatales. Las 2500 estructuras en Cochapata, Bolivia, adyacentes a las granjas de Cochabamba, y los tres mil almacenes en el valle alto del Mantaro, en el Perú, resaltan por su escala. En sus almacenes, los incas guardaron comida, materiales en crudo, artesanías terminadas, armas y virtualmente todo cuyo uso pudieran anticipar y que no se deteriorara en el tiempo. La extensa red de caminos de 40 000 km de largo unía a todo el imperio y, por ende, a su economía. Los estudios realizados por Hyslop (1984) y 223
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