El imperio inka

expansión de los incas y de los aristócratas provincianos, además, requería mano de obra. Lo mismo sucedía con las diferentes instituciones en funcionamiento. Si bien algunos elementos de la transición hacia el pago con productos pudieron haber sido instituidos en una etapa relativamente temprana de la era imperial, la elaboración de los cuadros de trabajo parece haber sucedido principalmente bajo la dirección del emperador Huayna Cápac, cuyo reinado de décadas terminó cerca de cinco años antes de la llegada de los españoles. Los dos grados más importantes de trabajo especializado que los incas desarrollaron se basaron en criterios distintos. Los yanakuna eran individuos —o, con menor frecuencia, grandes grupos de personas— que habían sido permanentemente separados de su tierra natal o grupo de parentesco. En por lo menos en algunos casos, la conversión a yana era una forma de castigo. A pesar de que ya no eran considerados en los censos domésticos, sus hijos no heredaban esta clasificación, por lo que parecen haber mantenido derechos residuales en su sociedad tradicional. Las tareas eran asignadas a los yanakuna según su vínculo con determinados aristócratas e instituciones, y solían ser agrícolas, ganaderas o de servicio doméstico para las élites. La mayor conversión de un grupo sometido a yanakuna que conocemos ocurrió cuando Huáscar convirtió a más de cuatro mil chupachu para su servicio personal (Julien, 1993, p. 209). Aunque los escritores coloniales y modernos usualmente entienden a los yanakuna como esclavos, la verdad es que estos podían alcanzar posiciones de alto nivel en el incanato. Los mitmaqkuna, por el contrario, eran familias o comunidades enteras que habían sido movilizadas como colonos por motivos militares, políticos, económicos o ideológicos (ver Espinoza, 1973, 1975, 1983; Rowe, 1982; D’Altroy, 2005; ver a continuación). Para el final del siglo de poder de los incas, cerca de tres o cuatro millones de personas habían sido reubicadas. Después de la pacificación liderada por los incas, muchas de ellas simplemente se habían mudado de las comunidades en la sierra a lugares más amables de menor altura. El estimado de Cobo de que un tercio de la población andina fue reubicada bajo el programa de mitmaqkuna, sin embargo, arroja luces sobre la magnitud de esta operación estatal. El resultado cambió completamente el escenario social andino. Los mitmaqkuna mantuvieron su estatus como miembros de sus comunidades de origen y fueron considerados como tales por sus respectivos curacas, si bien los gobernadores de las provincias a las que fueron reubicados 208

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