(ver capítulos 17 y 21 por Pärssinen y Schejellerup, respectivamente). Los incas, sus contemporáneos y antecesores observaron una serie de factores no humanos vinculados a la producción agropastoral y de otros tipos. Los más importantes eran los numerosos dioses, seres o formas de consciencia que habitaban los cielos, agua y tierra, de cuya buena voluntad dependía el bienestar de las personas. En la mirada incaica, por ejemplo, las cumbres de las montañas (apu, wamani) eran dueñas de los rebaños y otorgaban agua y buen clima (Reinhard, 1985). De forma similar, la buena voluntad de la Madre Tierra (o Pachamama) era propiciada con ofrendas de coca y cerveza de maíz (chicha o awasqa), mientras que el mar, los lagos, el cielo y el clima tenían también sus propias deidades. LA BASE PRODUCTIVA DE LA ECONOMÍA INCAICA En tanto la economía imperial incaica inicialmente era sustentada por las capacidades y prácticas productivas de las sociedades que fueron incorporadas al Tahuantinsuyo, resulta útil intentar esbozar las economías desarrolladas en las zonas elevadas durante la época de la expansión incaica. La unidad socioeconómica esencial para la vida de los Andes centrales llevaba el nombre de ayllu. Se trataba de un grupo de parentesco corporativo que usualmente se clasificaba internamente, de modo que familias o linajes individuales podían mantener posiciones de estatus elevado o subordinado. Los líderes del ayllu eran los curacas, término generalmente traducido como caudillo. El ayllu podía variar considerablemente en tamaño, desde unos pocos hasta varios miles de miembros. No deben ser confundidos con comunidades residenciales, ya que sus miembros podían habitar en distintos asentamientos, mientras que un solo pueblo podía albergar miembros de diversos ayllus. En términos generales, las economías desarrolladas en zonas de alturas que los incas usaron para modelar su economía estatal se basaban principalmente en actividades agropastorales y se especializaron de manera modesta en la artesanía (ver capítulo 20 de Hayashida y Guzmán para contrastar esta situación con la de la costa norte del Perú). Los recursos productivos del ayllu, por ejemplo, estaban en las tierras agrícolas y de pastoreo, así como en canteras de arcilla o piedra. El ayllu solía intentar controlar los recursos de zonas ecológicas complementarias (Murra, 1972). Al hacerlo, podía dispersar el riesgo en distintas zonas de producción, ganando acceso a una variedad de productos y asegurando su autosostenibilidad. El usufructo de estos recursos para cada hogar era 203
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