30 Los excesos hasta ahora cometidos, por grandes que sean, no paTeoen más que débiles muestras de otrns más horribles y generales que se presienten en porvenir no lejana. Está hoy casi perdi- _da, porque se ha separ ado esta sociedad hace itemp0 de Dios, del cielo, del orden sobrenatural, y no se deja ~ndt1-cir -sino ftOr ' los impulsos det orgullo; casi per- . dida., por.que apenas e~cucha más· ,que los silbos de ia infernal serpiente; casi perdida, po1~que estos reclamos los siguen hoy tan ciega y f.renéticamente las mucha• durnbres, que se hunden alegremente en sus vicios mientras viven, y como si nada hubiera que temer, pa.ra caer defi.niti.~amente al morir, y cada día en mayor número en los eternos abismos en que no p¡.ensan ni creen siquiera. Pero el angel rebelde aspira á más, á mucho más; aspira á vencer por la astucia, ó doblar por la fuerza la constancia de .los católicos que no han caído aun en sus lazos, ó han sido felizmente de ellos, y llenos de firmeza r~• chazan lo mismo su~ halago~ que sus violencias; y vigilantes por añadidura, dan á los demás la voz de alerta y descubrnn los lazos que se les tienden para perderlos. Estos son el objeto, el blanco principal de su odio, y contra los que dirige sus más fuertes bateríaR y prepara más variadas estratagemas. El mismo Salvador, en la noche de la Cena, advierte á sus Apóstoles, á esos que enviaba á disipar los errores y extirpar los vicios en todas las naciones. He oquí que Satanás ha puesto la mira eu, sarandea1•0s con sus tentaciones 'como el trigo al sp,r crib11do. Sobre esto quiero fijar vuestra atención, amados lectores, por• que contra vosotros, los que estais decididos á combatir bajo la bandera de nuestro adorable Redentor Jesús, se dirige especialmente Satanás. El emplea y em• pleará peculiares medios y artificios para apartaros del servicio de vuestro Divino Caudillo y haceros c·aer en sus garras. Si no logra que arrojéis las armas, ni que os apartéis un punto del terreno en que es preciso colocarse en cada caso para combatirle en regla, se contentará con que no )as manejéis del modo conveniete ;. para inutilizar las suyas. Velad, pues, porque vuestro adversario el, diablo os cerca con sus asechanzas, que es preciso recliaceis con f ortt!,lezll. • Cubiero con piel( -e oveja os dirá talvéz para seduciros: iPorqué no escuchais los concejos y exhortaciones, y no seguís los ejemplos de tantos .hombres á quienes no se puede negar sabiduría y probidad? ¡,Porqué ese reselo, esos infundados escrúpulos, ese miedo digámoslo así, digámoslo l ,; d . "' ··~ • -~i1, e prevancar que os 8lecta, esa tenacidad, respetable hasta cierto punto, con que rehusáis transigir, conciliaros, vivir en paz con los que no profesan dop rinas distintas, en el fondo, de las vuesiras, aunque otra cosa os parezca, sino solamente algunas opiniones ~puestas á las que sostenéis! ¡,No advertís q' esta resistencia tarde ó t,emprano~perjttdioará á la lgle• · sia, alejando á los '(lJUe, tratados º" otro modo se aproxhnaríaa más y más á ella si acaso se ha- ' bían alejado algo1 ¡No reparais también-, y aquí explota el maligno en su favor una verdad manifiesta, '}Ue esta falta d-e unión sumin ·stre desgraciadamente á Sa.. tanás los más poderosos medios para triunfar de fos católico'l militantes? i,Porqué, pues .. - .-No continuais más empeñándonos en atraernos, pod-éis contestar al seductor ó seductores., vosotros á quienes se trata de engañar. No nos acoparemos, decidle-, más que en advertiros que sabemos los males que resultan de la división _de los católicos, y que los deploramos, amargamente; os expondremos algunos para enteraros de que no se nos pasan inadvertidos, asi como también que estamos íntimamente ~rsuadidos de que esos males no se remedian con transacciones, conciliaciones, mezcolanzas y amalgamas de doctrinas inconciliable~, «Jue nos exitais á admitir. Es preciso como decía el Bautista, no pararse en las ramas, sino poner sin contemplaciones la segur á r.aiz ,lel á1·bol para que desaparezcan los males que nos aquejan. , (Continuará.) ~EUUION PAR\ EL ULRRO. LETRAS APOSTOLICAS , .DE NUESTRO SANTÍSUIO SE~Olt POR LA PROVIDENCIA Dl-VINA LEON, PAPA XIII , A TODOS LOS PRÍNCIPES Y N AClONES SALUD Y PAZ EN EL SEN°OR (Conclusión.) De igual suerte que de la división contraste de las potestadPs civil y eclesiástica, amaga inmen• so peligro á la unidad, de la secta llamada masonería, cuya funesta influenciahace tiempo que está perturbando á las naciones, especialmente á las católicas. Aprove· chándose del favor que le ha dado la turbulencia de los tiempos y envaleutonada con su poder, con sus riquezas y con el éxito fo. liz de sus empresas, esfuérzase con sumo empeño en afit-mar su dominación y en dilatarla más y más extendi<lamente, y abandona• do sus escondrijos y la oscuridad de sus asechanzas, ha salido á la pública luz de les Estados y háse asentado en esta ciudad, capital del Catolicismo, como para desafiar la misma Majestad divina. Y, lo que es el extremo de toda calamidad: donde quiera que ha fijado su planta ha influido é insinuádose en todas las clases de la sociedad y en todas las instituciones del Estado, ganosa de apoderarse del gobierno supremo para regirlo y manejarlo á su arbitrio. Inmensa, ciertamente, es esta desgracia, ya que es manifiesta á todos la perversidad de las doctrinas de esia secta y la maldad • de sus intentos y designios. Con el pretexto de vindicar el derecho hu¡nano y de reformar la so• -ciedad civil, hac-e guerta declarada al Cristianismo, rechata kt -doctrina revelada; desp,recia como superstidosos los deberes (loe nos imp·<,r1e la Religión-, la divi- . nidad de fes sacramentos, lo más · augusto que lrny en la tierra, es- "-' , . d > iuerzase en quitar to o caracter cristiano al matrimonio, á la familia., á la educación de la juven• tud-, á todas las institucione~ así públicas como partictda1;es, y aún es osada arrancar del corazón de los puebfos el respeto y acata~ miento que deben á la autoridad humana y divina. Por otra parte., . enseña que el hombre debe rendir culto a la naturaleia, y que los principios que de ésta tse derivaio han de ser la norma por la cual fe ha de apreciar y regular toda verdad, toda honestidad y toda j(1sticia· De lo cual, como claramente se entiende, es inducido el hombre á abrazar poco más Ó menos lai costumbres de los gentiles y toda su manera de -vivir, y aún peor más viciosa por haberse multiplicado hoy los regalos y los incentivos. Por todo esto, aunque en otras ocasiones lo hemos dicho y cierto con gravísimas palabras, hoy la vigilancia y solicitud apostólica . nos amonestan á que insistamos en lo mism_o, avisando y aconsejando una y otra vez que, en tan gran peligro como nos amenaza~ nunca serán tantas las precauciones que se tomen que no deban tomarse eún mayores~ Quiera la bondad divina aleja.. de nosotros tan perverso~ designios; más entienda y persuádase el pueblo cristiano de que es necesario sactJdir alguna ~ez el yugo vergonzosísimo de esta secta; sacúdanlo más especialmente los italianos y los franceses. Con qué armas y por qué medios, ya lo hemos indicado otra vez. La victoria es segura confiando en aquel divino adalid que dijo: Yo lie vencido al mundo. Apartados estos peligros y restituídos á la unidad de la Íe los reinos y los Estados, no es ponderable el remedio etícacísimo que lograrían los males que deploramos y la abundancia de bienes que de ella resultaría á todos. Indiquemos los principales, Concierne el primero de estos bienes á la dignidad y á la acción de la Iglesia; la cual recibiría de este estado de cosas el honor que se le debe, y como repartidora de la verdad y de la gracia evangélica, reco~rería su camino, libre detodB. mala voluntad y gozando de la libertad que le es necesaria, Y haría ésto con singulares ven• tajas para los Estados3 como sea la m~estra y la enseñadora de los hombres y la guía seflalada por Dios al género humano, puede contribuír muy eficaz y oportu• namente á moderar en bien común las graves revolucione~ y tras(ormaciones de los pueblo·s, desenvolver según la oportunidad de los tiempos, los negocios más intrincados y fomentar los de la virtud y de la justicia, que ·son la."8 bases firmísimas de los Estados. · En segun8o lugar, lograríasé que las naciones se acetcasen y uniesen más ientre sí, cosa muy de desear oo ·estos tiempos para precaver los ferribles peligros de las .guerras. A fa vista tenemos el estado de Europa. Hace ya muchos años que se vive más en la apariencia que en la rea_tidad de la pa"t~ Asediadas de mútuas sospechas, 'tt>das las naciones, ·én general, presiguen á porfía armándose con pertrechos de guerra. La inexperta adolescencia. apartada del consejo j de la e~ señanza de familia, es lanzada á los peligros de la vida militar; l,Q. robusta juventud es trasladada del cultivo de los campos, de la tranquilidad de los estudios, del comercio, de la industria, al ejercicio de las armas. De aquú el agotarse con gastos enormes el Erario público, el mermarse y consumirse la riqueza de los Estados, el empobrecerse las fortunas de los particulares\ Ahora bien; no es po~ihle que se sosten.. ga por más tiempo semejante paz armada. ¿Hay que decir que éste es el estadó natural de la sociedad civil! Pues no podemos salir de este estado ni lograr paz de verdad gino por fa\l'or y gracia especial de Je!i!ucrístor puesto que refrenar le. ambición y el apetito de lo ageno y ta emulación y la envidia~ causas poderosas y prin... cipales de las guerr!s, nada hay tan a propósito comó la virtud y la justicia que se inspiran en la ley crdstiana, y bajo cuya infl.uen• -ciá "pueden mantenerse íntegros la santidad de los tratados y per• severe.r firmes los .vínculos de la fraternidad uni\7ersal~ fija y asen• tada que sea una Vct en los ánimos aquella verdad: la Justicia le·oanta á las naciones. Y no menos que en lo que toca á lo exterior puede resu lt~ de lo que vamos diciendo á lo 111'-e• rior de los Estados una salvaguar• dia de bienestar rnucho más s86 gura y eficaz ue el que puedan ofrecerles fas~ eyes y las armas, como.quiera que nadie deja de ver cómo de día en día van acrecentándose los peligros de la se• guridad y tranquilid!ld públfoas, conspirando las cectas de los revolucionarios, según lo testifican la atrocidad de los hechos qara la perturbación y destrucción de los Estados. Dos son, eTi verdad, las cuestiones que con grande em• peño se agitan hoy día, es, á saber: la social y la política; una y otra sin duda gravísimas, y para cuya recta y sabia resolución, sí bien se propongan y adopten loables propósitos y temperame~tos y ensayos, nada hay tan eficaz como el educar universalmente los ánimos en la conciencia y regla de sus deberes conforme al principio interior de la fe cristiana. De la cuestión social no ha mli• cho que tratamos de intento v. etf este sentido, tomando los principios del Evangelio y ·de la raz6rt netural. Para la acertada resolución de la cuestión política, cuyo
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