fin es conciliar la libertad con la autoridad, cosas (lue muchos confunden -en la idea y desatentadamente separan en el hecho, mucha y muy provechosa enseñanza puede sacarse de la Filosofia cris• tiana. Porque una vez asentado ·y de común acuerdo establecido que cualquiera que sea la forma de gobierno que se haya adoptado en un Estado, la autoridad viene de Dios, entiende inmedia• tamente la razón que en unos es legítimo el derecho de mandar y en otros es conforme y ajustado el deber de obedecer, y en ninguria manera contrario á la dignidad humana, pues que, por una parte, verdaderamente más se obedece á Dios que no al hombre, y por ott·a ha intimado la Soberana Majestad juicio severísimo á los que mandan, si no 1·epresentan justa y rectamente su divina persona. Por lo demás, la libertad de los individuos á nadie puede ser rnal vista ni ocasiow nada á sospechas, supuesto que en las cosas que son verdaderas~ rectas y relacionadas con la pública tranquilidad á nadie perju~ dic:a. En fin, si se mira la inffmmcia que ~jerce de suyo la Iglesia, mat1re y pacificadora de príncipes y de pueblos y nacid:i para ayu<larlos con su autoridad y consejo, aparecerá más claro que la luz cuanto puede. contribuir-· al bien común el -que todas las naciones procuren stntir y profesar lo mis;. mo en lo referente á la creencia . cristiana~ . Pensando en esto y aspirando a ello con toda la ansiedad de Nuestros deseos~ vislumbra N uestra mente el estado de cosas que se establecería en la tierra, y él es tal, que nada hay que pueda ser más grato á la vista que la muchedumbre de bienes que de este estado habrían de seguirse. Porque apenas puede imaginar la fantasía el progreso que se abriría de improviso con la paz , la tranquilidad á toda suerte de prosperidad y excelencia, fomentándose toda clase de adelantos en los estudio~, y fundándose y engrandeciéndose conforme á la ley cristiaha y según lo que acer• ca de ellos nemos prescrito, los gremios de agricultores? artesanos é industriales, con cuyo aunado auxilio se reprimiría la voracidad de la usura, y se ensancharía€\ campo de los provecho• sos trabajos. Esta ' grandeza de bienes, no circunscrita á los confines de las naciones civilizarlas~ rebasaría inmediatamente á las demás. Por• que hay que tener en cuenta que como dijimos al principio, hay aún pueblos _innumerables que hacen ya muchos siglos y edades que están aguardando quien Jes lleve la luz de la verdad y de la ci!ilización, Cierto que los conSeJOS de la Sabiduría Divina están ocultos y muy lejos de la intelige~cia humana; con todo no es posible negar que si en gran parte de la tierra está aún extendida la miserable superstición, hay que ~tribuir no pequeña culpa de esto á las d1ferencias nacidas en materia de Religión. En 1·ealidad de ve ad, en lo que puede alcanzar el humi\no entendimiento argumentado ele los acontecimientos, el de~t'ino señalado por Dios á la Earopa parece consentir en llevar á to• das las regiones del globo los bienes de la cultura cristiana. Los principios y los progresos de obra tan grande, resultado del trabajo de las edades anteriores, encami~ náhanse á toda prisa á gloriosos acrecentamien os, cuando en el siglo XVI estaBó repentinamente la discordia. Con ella, desunida la cristiandad en varias partes con las divisiones y contiendas, y quebrantándos~ con las luchas y guf:'nas las fuérzas de Europa, las expedicione sagradas hubieron de exper· entar la funesta influencia de los tiempos. Y habiendo perseverado las causas de la dis~ordia., ¿qué extraño es que una porción tan grande del linaje humano esté aún ~umida en la barbárie dé las costumbres y en la locura de la superstición1 Pues para bien común de todos, procuremos á una y con el mayor empe_ño restablecer la antigua concordia. Para lo cual, y para propagar los bienes que se consiguen de la sabiduría cris~ tiana, son, en verdad, muy á propósito los tiempos que corren; ya que nunca como hoy peneu·aron más íntimamente en los ánimos los sentimientos de la fraternidad humana, ni en ningún siglo pareó» ce que ha tenido el homhra tanto empeño como en ol nuestro para ir en busca de sus semejan• tes, á fin de conocerlos y ayudarlos., Hoy los trenes y los va pores recorren con increíble celetiw dad la inmensidad de las tierras y de los mares~ contribuyendo grandemente; no ~ólo á fomentar la contratación de los pueblos y la estudiosidad de los ingeniosos~ sino también á esparcir desde el Oriente hasta el Ocaso la palabra divina. No desconocemos cuán larga y laboriosa empresa sea el restablecimiento del orden de cosas á que aspiramos, ni faltarán quizás quienes piensen que Nos dejamos llevar de excesiva confianza y que ansiamos más lo que debe desearse que no lo que debe es-- pararse. Pero N oe ponemos toda Nuestra esperanza, y aún toda· Nuestra confianza~ en Cristo Jesús, Redentor del género hu~ mano, teniendo muy presentes en la memoria las grandes empresas llevadas á cabo• por la loCU'ra de la Cruz y de su predicación, con asombro y confusión de la sabiduría de e~te mundo. En especial, y muy señaladamente, suplicamos á los príncipes y gobernadores de los Estados que~ conforme les dicte su prudencia civil y el fiel cuidado que deben tener de sus pueblos, estimen nuestros consejos según su ver• dad, y los fomenten con su autoridad y favor. A un~ue no se lo• grara más que una parte de los bienes á quo aspiramos, no sería ésta una pequeña ventaja en medio del inmenso abatimiento de las cosas qtte alcanzarnos, cuando la inquietud y fa impaciencia por lo presente s'é unen al temor y ~I recelo de lo porvenir. Los últimos años del siglo pasado dejaron á Europa harta dé »·uinas y trémula con las convulsiones; ¿por qué este siglo; ·que se acerca á más andar á su término} no ha de dejar, por ~I contrario, como en' herencia al Hnap;e humano tos felices auspicios de la concot·dia-, 'y juntamente con eHos, la -esperanza de los bienes imponderables que están contenidos en la unidad de la fé1 · Quiei·a Di-os, ríéo -en miseri- -cordia y en eúytJ porler 'están ios tiempos y los monientos~ acceder favorablemente á Nuestros deseos, y haga en su clemencia soberana q lle se realice pronto 1 aquella promP-sn de Jesucristo: · Haráse mi -sólo rébaíiío y 1tn sé• l lo Pastor. Dado en Roma, junto a San • Pedro, día XX <l Junio del año de .l\'IDCCCXCI , de N aestro Pontificado el décimoséptimo. LEÓN PP. Xllh LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN. (Conclusión.) -· Efectivamente. -Sí, señor, pt>r que es tan t6moclo) es tan ancho, es tan liberal e.so de negar ahiértamente á Dios, sin darse hingün cuidado por lo que mande 6 prohiba ese Rey invisible que no tiene acá policía, ni ejército, ni verdugo, que, frahcamente, el género humano sería muy tonto y tnuy necio en ho sacudirsa de encima esa pejiguera; si tan fácil le fuera enterarse y convencerse de que no existe. Pero ,aht ahí está lo lo difícil, ahí lo irrealizable. La idea de Dios se im~one de tal mo;. do, su grito imperioso se levanta tan firme en el fondo de huestro corazón, que ahogarlo un momento se puede, pero hacer que un momento después no vu~lva á ha;. cerse sentir más recio que antes, ¡imposible! 1 imposible! Así cuando el mundo entero, á pesar de sus extravíos y abominacionés, á pe~ar de su corrupción é iniquidades, á pesar de lo que le duele y de lo que le mortifica, se resigna todavía á creer en Dios y á · no irse en tnasa tras unas cuan- . tas docenitas de caballeros paniculares que se empefíail eh librarle de esas trabas enojosas; creeme, amigo mío, creeme, es que el mundo, es decir, el alma humana, el sentimiento universal del humuno linaje ~e á Dios, siente la presencia de Dios, no puede aun:.. que quiera, renegar de Dios. Y aun el n1ismo ateo; el mismo que dice que no cree en Él1 que sabe de buena tinta que no 1e hay, falta á la verdad. .Por caridad no Je )Jamaré mentiroso; pero diré que te engafía y sa engafia á sí propio. El tnistno ardor y afán que OVjervo en él para des- -31 mentir la existencia de Dios mé prueba que necesita gritar mucho para conven'é'erse de lo que dice, y de que nunca acaba de estar enteramente convencido. Hace como el niño mie'd·oso, que vocea y canta recio para di·cimular ·el miedo que le causa ta soledad de un oscuro corredor. Cuanto más grita para disimular su miedo, más 1-o rlá á c()nocer. Asi el ateo es el que habla más de Dios, aprovecha todas las ncaciones, mete sobre ·ego en conv~rsaeión agitada a tod'() el mundo, diríase q u·e esa 'es su manía, su idea fijá; su pesadilla; y es todo esto en ~;. fe'Cto, zsabes porqué1.. • porque es su remordimiento. Y ¡Jo\· 'esto, si ant~s te he dicho que el ateismo era s~g.uido porque era c6modo, antes en mil y mil tranbel5 de la \'TÍda es amargo sobr-_e toda ponderaci'án. El hombre ha sido cri~do para Dios, y no puede vivir sin Dios. ¡ Ah ! amigo míot Lo más cómodo es breer en Dios, aparte de ser lo más racional. Y o no sé los infelices qne auyentan de ~i á Dios iá quien acuden en sus 'tribuJa;;. cíones~ icon quien se aconsejan en sus dudas! ique los queda en este mundo para consuelo de ta vida, cuando una experiencia harto frecuente les enseña que nada es para nosotros e~tahle, ni el parentesco, ni la amistad, ni la fortuna, ni los placer~s-, ni la honra, ni la salud1 En tal situación, 1,no hallas tu muy lógico y hasta ¡ho:. rrible palabra? indispensable el suicidio! Cree; pues, en Dios, amigo tnío1i Solo niegan á Dios los que tienen interés en que no le haya. Hasta un famoso incrédulo fué bastante franco para dejarlo consig;. nado en sus obras impías. '"Procura; decía, terter simpra tu conciencia en estado de rlesear que hay Dios, y nunca te ocurrirá po;. ner en duda su eiistencia." Así hahla Rousseau;_que harttJ sabes no foé cura; ni obispo~ ni monje, ni sacristán. Peto es tal la fuerza de la verdad, que hasta de sus propios enem!gos . sabe arrancar tan brillantes. tY qué mucho1 1,N o ha dicho el Salvador en las Bienaventut·anzaz que "los limpios de corazón esos son los que ven á Dios1" Luego es natural que le nieguen los que tienen sucio el corazón con s,us vicios. Co- · mo los vapores del vino anublan la vista del infeliz que está posei;. do de ellos, así los vapores de Ja corrupción oscurecen la. inteligen• cia del hombre vicioso hasta hacerle desconocer las tnás claras '\rerdades. lié aquí en pocas palabras toda la razón de Ja sinrazón del ateismo. INSERCIONES. A LOS PERlODIS>t'A.S CATÓLICOS. Sed estables y constant~s; siempre abundantes en. bue. nas oh-ras, contJencidbs tlé que vuest1'o t1'a"/Jajo no es es. ' téril á los OJO$ del Señor' (l. Cor. XV., 58) Los escritores de nuestroe • r'
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