El aprendizaje de la libertad

muchas veces salen gateando, todos llenos de barro y sumamente fatigados, tanto por el peso como por la dificultad para salir. Los capachos de cueros que contienen de dos a tres arrobas de metal son bastante incómodos para este trabajo. Al salir los operarios de la mina, cada uno saca su huachaca, es decir su porción de metal en una lona u otro género, y la abre en el registro; allí el dueño de la mina pone una estrella con cinco rayos, quita una porción que es la quinta parte para la máquina [de desagüe, operada por una compañía] y se dividen después el todo por la mitad, que se reparte entre el dueño y el operario. A las minas ricas concurre mucha gente y entre ellos se distinguen los maquipuras (gente que no está matriculada en las minas, y viene de los pueblos inmediatos): estos trabajan ya a partido, ya a jornal; en las minas pobres como en Santa Rosa, siempre se trabaja por el precio cuatro a seis reales, lo mismo sucede cuando los metales están todavía bajo el agua, siendo cosa dura y muy injusta la costumbre que tiene que sufrir el propietario de dar metales cuando son ricos, y plata cuando son pobres». Mariano de Rivero (1998, pp. 99-101). Los empresarios de las minas mencionadas en el párrafo anterior recurrieron, ya desde las décadas finales de la época colonial, a la práctica del «enganche». Este era un método para atraer trabajadores del campo, adelantándoles salarios u «obsequios» que en el momento pudieran resultarles apetitosos o impresionantes en su imaginación, siempre que se comprometiesen para concurrir al trabajo en las minas por un número fijo de semanas, que usualmente era de doce. Para estos contratos los mineros recurrían al servicio de «enganchadores», quienes frecuentemente eran comerciantes o a las propias autoridades locales (gobernadores, jueces de paz o subprefectos, por ejemplo). El sistema del enganche consiguió hacer compatibles los calendarios de trabajo de la agricultura y de la minería. La agricultura tiene la característica de no demandar trabajo constante todo el año, sino de forma estacional; existen, entonces, periodos en los que el campo no reclama mano de obra, sino mínimamente. Durante esos meses los campesinos podían cambiar la pala por la barreta e ir a desempeñarse como peones en las minas, ganando algunos salarios metálicos. El sistema del enganche en sí mismo no era malo para los campesinos: les permitía utilizar su tiempo libre entre siembras y cosechas en el campo, y les daba acceso a salarios monetarios que les servían para pagar el tributo indígena, las obvenciones parroquiales o las pequeñas compras que hacían en el mercado monetario. Para los mineros no era el ideal, puesto que resolvía sus necesidades laborales solo parcialmente. Había temporadas en que, por más altos que estuviesen los precios de los 83

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