«La naturaleza, el lenguaje y las costumbres parecen dividir el Perú en dos naciones distintas y siempre rivales: una que ocupa la costa, otra que habita los Andes; la primera desprecia la segunda, esta odia aquella; allí se habla castellano mejor que en parte ninguna de América; hay bastante civilización, demasiado lujo y extremados vicios; solo en las capitales del interior se usa aquel idioma. Los indígenas no saben más que el quechua, son menos civilizados, poco viciosos y no gastan lujo. Los primeros se ocupan mucho de religión, más por hábito y convivencia que por virtud; los segundos, con dificultad cumplen con la Iglesia y la mayor parte solo va a ella en los sepelios; acto más solemne para ellos, y en que gastan cuanto tienen. Hasta el terreno tiene diferente aspecto: aunque generalmente montañoso, tiene plantaciones y árboles al Este de los Andes; mientras que la parte del Oeste ofrece la triste perspectiva de áridos y decrépitos cerros rocosos terminados en tierras de arena en toda la extensión de la costa desde 3 hasta 22 grados de latitud sur. Tienen pocos valles y de esos, únicamente presentan vegetación los que son atravesados por ríos; el resto es absolutamente desprovisto de ella. Aquí no llueve nunca, y solo cae llovizna cuando es invierno. Durante el verano llueve en la cordillera, y el agua que se escapa de este lado viene a fertilizar los valles por donde pasa; es tan aprovechada que la mayor parte de los ríos no llega al mar. Es en este trabajo de canales para regar que más hace admirar el ingenio de los antiguos peruanos. Desde muchas leguas y por la arrincona de los montes, abriendo acequias para conducir el agua a todo terreno susceptible de cultura. Estos canales son los mismos que todavía hoy sirven; y existen para testificar el saber de aquel pueblo en mecánica y agricultura, así como también el gran número que entonces había. […] Ahora no se cultiva la décima parte del terreno que los indios aprovechaban. Los actuales apenas se parecen a sus antepasados: como son pocos y habitan las tierras más fértiles, escogen el mejor lugar, y en este mismo solo siembran el que da menos trabajo y cuanto basta para sus necesidades. Generalmente se contentan con patatas y maíz, que les proporciona comida y bebida, con el último hacen también chicha o guarapo. Con estos dos géneros y algunas hojas de coca para mascar, está completa la felicidad del indio. Mientras de vestuario usan groseras estopas que ellos mismos hacen. De aquí procede la nulidad del comercio extranjero para el interior, y estar limitado al consumo de los habitantes de la costa, que contiene el mayor número de los blancos, casi la totalidad de la gente de color, y en total 400 000 poco más o menos. Solo en esta parte de la república hay grandes propiedades, que son ingenios de azúcar, arrozales y viñas. El cultivo de los dos primeros géneros está en abandono por falta de brazos; no es posible acostumbrar un indio a este trabajo porque de diez mueren siete de viruela y disentería. Los negros disminuyen diariamente: los decretos de San Martín y de Bolívar, llamándolos a las armas, declarando libres a los que quisieran cambiar de señor, despoblaron las haciendas e inundaron el país de malhechores, que aumentaron al fin de la guerra de la independencia, cuando acabaron las guerrillas y reformaron el ejército. De 37 ladrones y asesinos fusilados en Lima en el espacio de 34 meses, 29 eran negros y mulatos, confesando algunos hasta diez muertes. No obstante esta 77
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