El aprendizaje de la libertad

como los hombres y se adelantan al ejército en campaña. Por regla general parten una o dos horas antes que los soldados y llegan mucho antes también, al previsto lugar de descanso. Al llegar buscan leña para combustible, cocinan la merienda que llevan consigo y esperan a sus esposos, hermanos o hijos con la comida preparada. En las inhóspitas y solitarias regiones montañosas, esta preparación tiene un valor incalculable ya que sin ellas las tropas morirían de hambre. Estas mujeres no causan molestia alguna al avance rápido de las columnas, al contrario, lo facilitan al aliviar a los soldados de parte de sus trabajos y les proveen descanso y alimentación adecuada. También se proveen de sus propias necesidades y ni el estado ni los comandantes de las tropas se preocupan de ellas. Los últimos están contentos si las indias les ofrecen cocinar para ellos también. A estas mujeres se les llama rabonas. Durante las batallas se mantienen cerca de las tropas sin estorbarlas, después del combate buscan a los heridos y los curan. Su destino no es de envidiar, ya que tienen que sufrir, fuera de las variadas penurias y privaciones, maltratos de sus esposos, los que aguantan con increíble paciencia. […] La forma en la que los oficiales tratan a sus soldados es inhumana. El delito menor se castiga con los azotes más brutales. Cada oficial tiene el derecho, al menos en tiempo de guerra, de ordenar los castigos que le parezcan. Algunos de estos caudillos son famosos por sus crueldades refinadas. Durante la campaña de Gamarra contra los bolivianos en 1842, más de veinte soldados saltaron del puente colgante de La Oroya al caudaloso río para suicidarse. Con el grito “¡Adiós, capitán!” se dirigieron hacia el comandante y pocos instantes después cayeron destrozados sobre las rocas entre las que pasan las aguas a viva fuerza. Soy testigo de que soldados cuya fatiga les prohibió avanzar en su marcha fueron fusilados en el lugar. En mi camino de Tarma a Jauja de unas nueve leguas que pasé a caballo vi siete indios muertos por esta misma causa. Es verdad que el comandante de este batallón cuya espada aún no estaba teñida de la sangre del enemigo sino de la de sus propios soldados, se caracterizaba por su sed de sangre. Al ver a un soldado colapsado por las penurias de una marcha, cabalgó hacia él y gritó a uno de los presentes: “¡Pégale un tiro!”, una orden que fue acatada inmediatamente. Cuando las tropas descansan en la noche y algunas de las rabonas reciben noticias del destino fatal de sus esposos o hijos regresan con lamentos, buscan a sus muertos y les preparan su última posada bajo fuertes gritos de dolor». Johann Jakob von Tschudi (2003 [1846], pp. 59-60). La historiadora Cecilia Méndez ha investigado cómo a lo largo del siglo XIX los caudillos militares debieron forjar alianzas con los campesinos a fin de poder salir victoriosos en sus campañas. La movilización de una fuerza de dos mil hombres (que fue el tamaño promedio de los ejércitos de la época) por cientos de kilómetros de caminos de herradura requería de apoyos logísticos que, al final, hacían la diferencia entre el triunfo y la derrota. La «república plebeya» que ella ha bosquejado en sus trabajos, implicaría que, a diferencia del orden cerrado y oligárquico que vendría 64

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