provincial debía funcionar un juzgado de primera instancia; y en cada capital distrital, un juzgado de paz), pero la pobreza fiscal hacía que permanezcan cerradas en la mayor parte de los casos. Los jueces, además, solo podían imponer sus mandatos judiciales a través de las autoridades políticas (o sea mediante la cadena de prefectos, subprefectos y gobernadores), de modo que siempre había que toparse con el prefecto. El pobre desarrollo del mercado también reforzó el poder de las autoridades nombradas por el poder central. Ya se podía tener mucho dinero para comprar animales, alimentos o trabajo, pero si nadie quería vender estas cosas, el dinero de poco servía, como se quejaban los viajeros extranjeros. Más efectivo era el subprefecto, quien, literalmente, manu militari, obligaba a arrieros, campesinos o hacendados a prestar servicios a quien él lo indicase. Cuando un oficial del ejército llegaba al grado de general, de ordinario había sido antes prefecto y subprefecto en varios departamentos y provincias; había comandado tropas en diversas guarniciones; podía haber montado una red de aliados y allegados con la que difícilmente podía competir un partido político o cualquier líder civil. La historiadora Carmen McEvoy mostró en una investigación, que para que Manuel Pardo pudiese montar su exitosa campaña para la presidencia de la república de 1872, antes tuvo que funcionar con mediana eficiencia un servicio de correos. La falta de comunicaciones, en efecto, favoreció a las únicas organizaciones, como el ejército o la Iglesia, que podían disponer de su propio sistema de mensajería. De otro lado, la debilidad de un mercado donde proveerse de forrajes, animales y víveres, y de una organización militar formal que lo reemplazase, hizo que los caudillos dependiesen de los servicios de hacendados y campesinos. Las autoridades políticas podían, en un momento de emergencia, resolver una situación, pero no se podía montar una red confiable basada en requisas cotidianas (véase el siguiente recuadro). Las rabonas: sumisión y crueldad «En los ejércitos hay casi siempre tantas mujeres como hombres. Cuando Santa Cruz entró a Lima, su ejército consistió de 7000 hombres seguidos por 6000 mujeres. A primera vista, esta costumbre parece extraña y llamativa, pero convence después de una evaluación más precisa de las circunstancias. Se cuenta que un famoso general dijo que “no quería emprender ninguna expedición militar con tropas que no cuenten con tantas mujeres como hombres”. Las indias son tan serenas y constantes 63
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