El aprendizaje de la libertad

podía ser el caso del trato con menores de edad o con mujeres (en cuyo caso era más la Iglesia que el Estado, quien tendía a regular las relaciones). Pero las repúblicas formadas en América Latina, especialmente en aquellas regiones donde sobrevivieron densas poblaciones indígenas, como Mesoamérica y los Andes, estaban fuertemente marcadas por la desigualdad social y cultural. ¿Podía asumirse, por ejemplo, que indios y blancos podían pactar contratos libremente, sin que el Estado tuviese que asumir, como había ocurrido durante el gobierno español, un papel protector de la parte indígena? También había que acumular una destreza en materia de finanzas. Es decir, ¿cómo iba la nación a asumir el costo de aquellas tareas que incumbían a todos, como, por ejemplo, el sostenimiento del gobierno y de la defensa armada? ¿Dividiendo una cuota a prorrata entre todos los habitantes en edad productiva? ¿Debían pagar lo mismo los ricos que los pobres? ¿Los indios que los blancos? ¿Los habitantes del campo que los de la ciudad? Y ¿qué tareas iban a delegarse al gobierno central y cuáles otras iban a dejarse en manos de los gobiernos locales (los municipios o cabildos), de la Iglesia o de la propia sociedad? Por ejemplo, en materia de educación, salud, costumbres, moralidad e higiene, hubo una amplia variedad de soluciones en el mundo, de las que el Perú pudo sacar lecciones, aunque con el problema de que cada país es único y lo que acomoda a uno puede resultar contraproducente para otro. En todo ello el país inició en 1821, o más precisamente en 1826, una vez derrotados los realistas en Ayacucho y rendido su último baluarte en el Callao, un complejo y lento aprendizaje. Este proceso fue tenso y difícil no solamente porque la materia lo fuese, sino porque, como en todas partes del mundo, había un juego de intereses detrás. Todos querían ocuparse de las tareas colectivas lucrativas y gratas, como gobernar y gastar el dinero común, y nadie de las tareas colectivas ingratas, como tomar las armas en defensa de la nación o salir a cobrar impuestos a los pobres. Naturalmente, quienes tuvieron más poder o estuvieron mejor posicionados social y políticamente tomaron posesión de las tareas gratas y dejaron a los demás las ingratas. Pero estos no se resignaron, con lo cual se desató una competencia por los puestos públicos y el control de los bienes que dejaban riqueza, que dio a la República la dinámica que lo caracterizó a lo largo del siglo XIX. Hasta cierto punto esta lucha había venido ya ocurriendo desde antes de la independencia (recuérdese la disputa entre peninsulares y criollos por los puestos de gobierno), pero ahora ya no 50

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