abolido con la intención de conquistar adeptos para la patria, aunque rebajando en un peso el monto a pagar, a fin de hacer visible que, aunque el gobierno de los criollos cobraría los mismos impuestos que el de los peninsulares, al menos sería un poco más barato. Pero lo que les supo a los indios a chicharrón de sebo fue que los cobradores del tributo no serían más las autoridades étnicas, como en el tiempo colonial, sino los gobernadores mestizos que el nuevo régimen había instaurado. Por otro lado, en un inicio el gobierno de Bolívar quiso extender hacia los indios el derecho económico a la propiedad, lo que incluía el derecho a la venta de las tierras que ocupaban. No se ha podido investigar con detenimiento qué ocurrió con este decreto de 1825, pero la marcha atrás que a los pocos meses dio el régimen hace pensar que los nuevos gobernantes descubrieron pronto que la supresión de ese derecho de venta a los indios contenía alguna sabiduría y conocimiento de las relaciones que acontecían en el medio rural, y que era mejor no introducir novedad en la materia hasta tenerla mejor estudiada. En el campo del sufragio, aunque la Constitución declaraba a los indios como ciudadanos del nuevo Perú, les exigía un grado de ilustración que no tenían, para poder tener el derecho al sufragio, como era el de ser alfabetos en el idioma castellano. Mejor era para ellos la Constitución gaditana, que no había puesto esa barrera. Para no hacer la comparación odiosa, de modo que los liberales peruanos no luciesen menos pródigos que sus pares españoles, se estipuló que la exigencia del alfabetismo recién se exigiría al cabo de veinte años, tiempo estimado para que todos los indígenas peruanos se volviesen diestros en la lengua de Cervantes. Así nació la república entre nosotros: llena de ilusiones por el lado de los nuevos gobernantes y de recelos por el de los siempre gobernados. Cuando los primeros se percataron de que el gobierno soberano tenía escollos y costos que obligaban a guardar para mejores tiempos las promesas liberales de prosperidad e ilustración que trajo la independencia, y cuando los segundos confirmaron que el amo, mejor, mientras más lejano, no dejó de difundirse un desencanto más o menos generalizado, tanto de la independencia, cuanto de la organización republicana. La historiografía recogió también las frustraciones que tras de sí dejó la independencia. Las narraciones entusiastas que la presentaron como una gesta heroica que vino a cancelar tiempos oscuros y colocó el puente hacia un futuro superior dejaron paso después de la guerra con Chile a visiones pesimistas y amargas, como en las reflexiones de José de la Riva Agüero, 45
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx