nieto de uno de los personajes de la independencia. Este, con ocasión de su visita al campo de La Quinua, casi un siglo después de la batalla, acusó a la aristocracia criolla de 1821 de «pobre y boba», «incapaz de toda idea y de todo esfuerzo». A mediados del siglo XX la visión de historiadores como Jorge Basadre y José de la Puente rescató la dosis de nacionalismo y peruanidad contenida en la independencia, aunque no dejaron de señalar los errores cometidos en su nombre, como la política jacobina de algunos personajes y la asunción de un modelo de gobierno inviable, al menos en el corto plazo. Para los peruanos la independencia continuará siendo un tema de debate, porque al situarse en el cimiento mismo del Perú como Estado-nación, los juicios que se viertan sobre ella remueven, desde luego, el edificio que desde 1821 hemos construido. Sea por impulso externo o interno, la independencia del Perú finalmente sucedió, y en los años siguientes se consolidó. Esto no habría sucedido de no haberse formado entre 1808 y 1824 un conjunto de líderes civiles y militares que se fueron convenciendo de las ventajas del autogobierno y que, con naturales errores y retrocesos, fueron aprendiendo lo que nunca habían tenido en sus manos: la administración del Estado. Tampoco habría sucedido de no haberse podido imaginar al Perú como un país singular, fruto de la obra paciente de diversos intelectuales criollos y peninsulares como José Llano Zapata, Cosme Bueno, Baltasar Martínez Compañón, Hipólito Unanue y quienes les precedieron. La independencia provocó una fuerte conmoción en el Perú. Hasta hace poco la historiografía dudó de esta conclusión, por considerar que la estructura económica y social heredada del periodo colonial no se vio significativamente alterada después de 1821. Los generales que gobernaron el Perú en los años de 1970 decían, por ejemplo, estar labrando la independencia económica del Perú, ya que la de 1821 había sido «solamente política». Para muchos historiadores, solo si la independencia hubiera traído el capitalismo y una sociedad «burguesa» (de clases sociales, sin privilegios estamentales o de castas), habría sido auténtica y merecería el nombre de revolución. Los historiadores de hoy han desacralizado las revoluciones y consideran que estás pueden ser de diversa clase: políticas, económicas, sociales o incluso científicas e intelectuales, y que en cualquier caso, una vez ocurridas, conmueven todo el edificio civilizatorio al que se hallan integradas. La independencia del Perú fue una revolución política que dio 46
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