El aprendizaje de la libertad

Durante la batalla de Ayacucho los cerros que rodeaban el campo de La Quinua estuvieron coronados de indígenas que asistían a este drama, sin poderse adivinar si estaban ahí para apoyar a alguno de los bandos o simplemente para caer como aves de presa sobre los vencidos. La posición de los indígenas en torno a la independencia fue ciertamente ambigua o enigmática. En algunos lugares, como Huanta y Andahuaylas, llegó a haber levantamientos a favor de Fernando VII y en contra de la república. Antiguamente estos hechos fueron presentados como el resultado de la maniobra de realistas hábiles en el engaño, que habrían seducido a los indios, asustándolos con que los criollos republicanos atentarían contra la Iglesia católica y la religión cristiana, o como una muestra del aislamiento y la ignorancia en que aquellos vivían. La investigación más reciente, más alejada que antes de la postura de apreciar a los patriotas como los «buenos» y a los realistas como los «malos», ha tratado de entender que entre la corona española y los indios de América se forjó durante la época colonial una suerte de alianza contra los poderes locales (de criollos y caciques mestizos). A cambio de su fidelidad y apoyo, el gobierno español reconocía algunos privilegios a la nobleza india y resguardaba de algunas cargas fiscales a los indios. Así lograba mantener a raya las pretensiones de autonomía política y exenciones fiscales de la élite criolla. La figura del rey como protector de los miserables era poderosa entre la gente de abajo, por lo que muchas rebeliones lanzaron como consigna: ¡Viva el rey, muera el mal gobierno! Es cierto que las reformas borbónicas habían venido socavando ese trato diferenciado, al punto que la historiografía ha interpretado algunas de las rebeliones campesinas de esta época como movimientos que procuraron la restauración de este viejo pacto de la época de los reyes Austrias (véase el siguiente recuadro). Una reinterpretación de la rebelión «monarquista» de Huanta de 1825-1828 «De esta manera la insurrección iquichana ocasionó cambios de gran magnitud en la sociedad huantina y es, por tanto, un error considerarla como un intento por restaurar las ficciones legales del “antiguo régimen”. Pero, además de abrogar las jerarquías étnicas inherentes al orden colonial, el gobierno de Uchuraccay rompió con una legislación colonial del tiempo posterior a Túpac Amaru que insistía en que los indios fueran supervisados por autoridades españolas o criollas, y, sobre todo, por el subdelegado. Este ahora podía ser indio, un Leandro o un Inga. En otras palabras, el gobierno en Uchuraccay volvió obsoleta la ficción legal imperial que separaba a la sociedad en dos repúblicas (indios/españoles), cada una con sus propias leyes y una subordinada a la otra. Si los elementos indios gozaron de un predominio de facto, no se pensaron como separados. Indios, españoles y mestizos eran parte de un mismo 43

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