civil se reúnen en una misma persona. Sin embargo, no es fácil criticar a San Martín por ello. Después de todo el virrey La Serna hacía lo mismo y en una coyuntura tan delicada como la que se vivía, pensó seguramente que lo más eficaz era no dividir el mando. De otro lado, el Perú no era Chile. Aquí no había un O’Higgins; vale decir: un jefe de reputada inclinación por la causa de la independencia sobre quien hubiese consenso acerca de su liderazgo. Estaban Torre Tagle y Riva Agüero, pero San Martín se inclinó, incluso para tomar como ministros, por sus propios hombres, como Bernardo Monteagudo, o por criollos recién convertidos a la causa de la independencia, pero que al menos parecían burócratas de buen criterio, como Hipólito Unanue, a quien convirtió en su ministro de Hacienda. Monteagudo empezó una persecución tenaz contra las familias de peninsulares. ¡Ay de aquellos que no siguieron al virrey o no se encerraron en el Real Felipe! Sufrieron fusilamientos, expulsiones y, en el mejor de los casos, solo la expropiación de sus bienes. Aunque las cifras pueden ser exageradas, el marino inglés Basil Hall refirió que de diez mil peninsulares que hubo en Lima en 1820 cuando San Martín desembarcó en Paracas, en 1822, cuando dejó el mando, quedaban solo seiscientos (véase el siguiente recuadro). Los sentimientos de Lima tras la independencia Impresiones del marino inglés Basil Hall, quien arribó a Lima en agosto de 1821, pocos días después de la proclamación de la independencia por San Martín: «Lima estaba en un extraño grado de confusión. Los efectos del choque que había recibido la sociedad, por la naturaleza abrupta de la revolución, no podía esperarse que desaparecieran por algún tiempo, mientras la incongruencia de los materiales de que estaba compuesta presentaba una barrera eficaz para la cordialidad verdadera. Los españoles, sintiéndose objeto de sospecha y desconfianza, de buena gana se habrían retirado de un lugar donde se les consideraba intrusos; pero esto no era tan fácilmente hacedero, sin incurrir en pérdidas tales que superaban al peligro e incomodidad de permanecer. La mayor parte tenían grandes capitales comprometidos en el comercio; muchos tenían bienes considerables en el campo; muchos también tenían esposas y familias en Lima, o estaban ligados al suelo de otra manera; y se convertía en gran sacrificio dejar sus presentes satisfacciones, por la incierta seguridad que ofrecía España, a la sazón en situación no mucho más tranquila que las colonias. Su política mejor y más segura hubiera sido seguir la suerte del país y comprometerse cordialmente con la nueva causa. Pero esto era esperar demasiado de hombres criados en la era del monopolio y prejuicio; y, por consiguiente, eran poquísimos los españoles que no esperasen con gran ansiedad el regreso del ejército realista, y aún menos los que tuviesen confianza en San Martín o que se tomaran la 37
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