para los acopios necesarios, no por ser muchos los artículos, sino porque le hubieran cortado los transportes más, que mantener todo el ejército a doble paga, porque este tan pronto estaba en un punto como a 200 leguas de él. Las armas del reino [no] eran dueñas de más terreno que el que pisaban: los indios aborrecían al soldado, al oficial y a todo lo que era del Rey; por el contrario servían de balde con sus personas y víveres a los de Buenos Aires; porque los halagaban con la igualdad y libertad de tributos, no por voluntad pues estos no la tienen ni a unos ni a otros, y son enemigos natos de todo el que no es de su casta; les servían fielmente de espías, y sabían la posición y movimientos del ejército del Rey al momento de ejecutarlos; y por el contrario este nada sabía de el de los contrarios, porque no había un indio que quisiese servirle a ningún precio». Joaquín de la Pezuela (2011). No era la primera vez que una alianza entre el rey de España y los campesinos de América conseguía un triunfo sobre los señores locales. Ya había sucedido en el siglo XVI, cuando los encomenderos quisieron alzarse con la tierra; pero doscientos setenta años después llegaría la revancha de los descendientes de los encomenderos, que eran los criollos. Una vez consolidado el gobierno independiente de Chile, este montó una «expedición libertadora» que zarpó al Perú, al mando del general San Martín en agosto de 1820, con más de cuatro mil hombres. Desembarcaron en la bahía de Paracas, doscientos cincuenta kilómetros al sur de Lima, e iniciaron un cerco a la capital del virreinato. El virrey Pezuela planteó unas conversaciones destinadas a alcanzar un acuerdo de paz, las que tuvieron lugar en Miraflores. Dichas entrevistas fueron interesantes, puesto que pusieron sobre la mesa los objetivos de cada una de las partes contendientes. En España, el ejército que debía venir a América a defender las colonias se sublevó en enero de 1820 al comando del general Rafael del Riego y obligó a la monarquía a volver al régimen constitucional anterior a 1814. Los liberales españoles pensaron que ello detendría las revoluciones de independencia en Hispanoamérica, pero no sucedió así. Los debates políticos ocurridos entre 1808-1814 habían despertado ideas sobre la justicia de la representación y los derechos de las poblaciones a cierta dosis de autogobierno. En las conversaciones de Miraflores los representantes del virrey, entre quienes figuraba el médico criollo Hipólito Unanue, que luego se pasaría a las filas del separatismo, plantearon que el retorno del régimen constitucional daba a la población peruana la posibilidad de enviar sus representantes a las cortes y de plantear, en cualquier caso, sus reclamos por una mayor representación o autonomía, 32
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