El aprendizaje de la libertad

esclavos liberados. El proyecto de los ferrocarriles hubiera aportado mucho más si las rutas las hubiese dictado la necesidad económica y no el capricho o la necesidad política. Los defectos del esquema político, en el que los mineros del interior carecieron de fuerza para hacer valer sus intereses, hicieron que los ferrocarriles cobrasen dimensiones extravagantes y siguiesen rutas que carecían de rentabilidad, incluso en el largo plazo, puesto que jamás llegaron a circular más de dos veces al día. Al permitir una holgura fiscal de más de un cuarto de siglo, el dinero del guano sirvió para «comprar» reformas liberales, como la abolición de la esclavitud, que, como los ferrocarriles, al menos le dieron a la república una apariencia más moderna. En el ámbito económico el cambio más positivo ocurrió probablemente en el aspecto fiscal, cuando después de la guerra del salitre el Estado dejó de vivir de los estancos, como entre 1850-1880, o de las aduanas y el tributo de los indios, como entre 1821-1850, y pasó a vivir de los impuestos al consumo, los que incluían como un componente importante, aunque no dominante, los derechos de aduana. No se trataba de un esquema socialmente justo, ya que los impuestos recaían proporcionalmente más sobre las clases media y popular que sobre la élite, pero se trataba de contribuciones de origen interno, que, por lo mismo, proveían ingresos más estables que los esquemas del pasado. Sobre unas finanzas públicas más seguras y predecibles no fue sorprendente que en los últimos años del siglo XIX se erigiesen instituciones civiles como los bancos, las compañías de seguro y la Bolsa de Valores, que infundieron dinamismo a las actividades empresariales, al rotar de forma más rápida y eficiente el capital. Esto llevó a que en las primeras décadas del siglo XX el ritmo de la producción creciera vigorosamente. Siguiendo siempre las cifras de Seminario, entre 1900 y 1916 el PBI por habitante pasó de 692 a 1250 dólares Geary-Khamis. En un lapso menor a veinte años, casi se había duplicado. Las bases para ello fueron colocadas en la época previa, en que al recuperar algunas cosas buenas de la etapa colonial, como la estabilidad monetaria, e insertar otras nuevas, como las modernas prácticas financieras, logró establecerse un escenario que otorgaba cierta seguridad a las inversiones. En cuanto a la política comercial durante el siglo XIX el Perú fue una criatura más bien esquiva al librecambismo. Por razones más fiscales que guiados por el deseo de proteger la industria nacional, se fijaron derechos de aduana elevados, con una media cercana al 40% sobre el valor de los 265

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