1900 era casi la misma que la de 1800, con la diferencia de que en el transcurso de esos cien años las economías de Europa, Asia y Norteamérica habían pegado un avance tal, que su distancia con la peruana era ahora mucho mayor. Según los estimados del economista Bruno Seminario, el producto bruto interno (PBI) por habitante hacia 1800 era en el Perú de 666 dólares Geary-Khamis (dólar internacional que elimina la distorsión producida por el alza de precios y que equivale grosso modo a los dólares estadounidenses con el poder de compra que tenían en 1990); en 1900 era de 692; o sea, una mejora de apenas 4% en cien años. Eso se llama estancamiento, y en un mundo que avanzó aceleradamente, pasa incluso por retroceso. Más allá de lo cuantitativo, la estructura de la producción básicamente permaneció. El sector minero seguía siendo un protagonista importante de la economía, con la diferencia de que si antes producía básicamente plata, la producción ahora se había diversificado, añadiéndose al blanco metal, el cobre, el guano y algunas otras sustancias, como el estaño, el plomo y el zinc. Había crecido el sector agropecuario, con la consolidación de los latifundios en la costa norte gracias al aporte laboral de los culíes chinos, pero ciertas producciones que parecían promisorias hacia 1800, como la cascarilla, el cacao y el tabaco, habían desaparecido o habían retrocedido notablemente. Ello tuvo que ver con la pérdida de los mercados hispanoamericanos, que fue consecuencia de la desaparición del imperio español, así como con el desmantelamiento de un Estado colonial que había sido mucho más promotor de las actividades económicas innovadoras, que el Estado republicano que le tomó la posta. La producción de lanas había cobrado impulso gracias al ferrocarril del sur y en la Amazonía había prosperado una actividad que más que agrícola era de silvicultura: la extracción del caucho. El perfil de una economía basada en la exportación de recursos naturales se había, en cierta forma, perfeccionado, al incorporarse nuevos bienes de todos los reinos de la naturaleza y provenientes de los distintos espacios regionales. El episodio del guano provocó entre 1850 y 1880 una prosperidad fiscal que no halló forma eficaz de trasladarse a la economía privada. Se probó dar el dinero a unos pocos, dar poco dinero a muchos, emprender inversiones en infraestructura, abolir impuestos, traer sabios de Europa; nada pareció dar un resultado efectivo y contundente. Lo más útil fue, al final, el estímulo a la modernización de la agricultura de la costa norte, mediante el pago de una indemnización generosa a los dueños de los 264
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