El aprendizaje de la libertad

mismo siglo, no debe, sin embargo, ser despreciado. Los culíes chinos y los yanaconas japoneses no solamente fueron la base laboral para el surgimiento de las exportaciones agrarias que reemplazarían a aquellas perdidas en la guerra del guano y del salitre, sino que, junto con una cuota cualitativamente importante de inmigrantes italianos y en menor medida palestinos, impulsaron en la posguerra con Chile la actividad del comercio y la industria. El principio con el que, sobre todo los asiáticos, guiaban sus actividades económicas era el de sacrificar margen de ganancia en cada operación, a cambio de tener muchas operaciones. Era esta la clave de la nueva economía capitalista, en la que el país comenzó a introducirse en los albores del siglo XX, no solo sobre la base de la inversión de grandes compañías mineras europeas y estadounidenses y de grandes plantaciones de azúcar y algodón en la costa, sino también del pequeño bazar chino, la panadería italiana y la peluquería o la lechería japonesa. A lo largo del siglo XIX el ritmo del crecimiento demográfico fue cercano al 1%, más moderado que en los Estados Unidos, pero superior al de los países del sur de Europa. Los 1.3 millones de habitantes de 1800 se convirtieron en los 3.6 millones de 1900. Este más que aceptable incremento deja ver que las condiciones de vida en el campo, aunque socialmente injustas, fueron en lo material relativamente buenas. Las tierras y los pastos todavía resultaban abundantes y, entretenidos como estaban en el negocio del guano y el salitre, los mistis de la nación no agobiaron a los campesinos indios con mitas o tributos. El siglo XIX fue también el de la descompresión sobre la población indígena. Las regiones que más destacaron por su dinamismo demográfico fueron las del norte (los actuales departamentos de Piura, Cajamarca, Lambayeque y La Libertad) y la sierra del centro (actuales departamentos de Áncash, Huánuco, Pasco y Junín). Marcadamente por debajo del promedio nacional estuvieron, en cambio, la sierra sur y centro-sur (departamentos de Puno, Cusco, Apurímac, Ayacucho y Huancavelica). La debilidad de las ciudades y el comercio, como el aislamiento de los indios, provocaron que el mestizaje no hiciera progresos importantes. Las proporciones raciales de la población peruana se mantuvieron más o menos fijas a lo largo del siglo XIX, con un reparto de un 60% para los indios, 23% para los mestizos, 12% para los blancos y el 5% restante para los negros y asiáticos. La sociedad mantuvo un carácter fuertemente jerárquico, dominado por el fenotipo racial, el dominio del castellano y las normas de «urbanidad». Estos ingredientes salían en paquete: los blancos 262

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