antes que liberales en el tema de la hacienda pública, como fue el establecimiento del estanco del salitre. La guerra del salitre fue la señal de alarma que hizo ver a los peruanos lo poco que se había avanzado en materia republicana. Una nación socialmente poco articulada, atravesada por divisiones raciales y geográficas que dificultaban su integración no podía organizar buenos ejércitos para la guerra ni levantar los recursos económicos necesarios para comprar las armas que complementasen la calidad de los soldados. Los jefes militares descubrieron en San Francisco y el Alto de la Alianza que los batallones de voluntariosos seguidores que permitían asaltar el Palacio de Gobierno, y sentarse por un tiempo en el trono presidencial, perdían toda eficacia cuando se trataba de enfrentar a un ejército, este sí, republicano. Tras la revolución de 1895 el país pareció listo para jubilar a los generales de la tarea gubernativa y conciliar mejor, a tres cuartos de siglo de la independencia, la realidad con las leyes en materia de rotación del poder presidencial. Pero el precio fue dejar fuera del juego político a todos los varones analfabetos, en un momento en que tres de cada cuatro lo eran; casi todos indios y campesinos. La república se elitizaba en nombre de la eficacia y reducía su cuerpo político a los habitantes de las ciudades de la costa al tiempo que le daba la espalda a la sierra. Los habitantes de esta última región tendrían que pasar por el aro de la escuela, que a esas alturas estaba muy mal provista por el Estado, para ingresar progresivamente al exclusivo grupo de los ciudadanos con derecho al sufragio. En materia social el país mantuvo el crecimiento demográfico que había alcanzado ya después de la epidemia de 1720, aunque la guerra de la independencia no dejó de cobrar una cuota de sangre que provocó que el crecimiento demográfico de la primera mitad del siglo XIX fuera menor que el de la segunda mitad del siglo XVIII, como también del de la segunda mitad del XIX; a pesar de que estas etapas no dejaron de tener momentos convulsionados como la rebelión de Túpac Amaru o la guerra del salitre. No se pudo atraer la masa de inmigrantes libres que la promesa republicana había augurado. La competencia dentro del mismo continente americano fue muy fuerte en esta materia y las tierras de la selva que se prometía a los inmigrantes estaban demasiado alejadas de los puertos y de los ferrocarriles como para animarlos a seguir viaje hasta el Callao. El aporte de la inmigración asiática durante el tercer cuarto del siglo XIX, y reiniciado con la inmigración japonesa desde los años finales del 261
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