durante gran parte del siglo XIX fue, así, la solución práctica para una república que debía erigirse sobre una sociedad socialmente jerarquizada e incomunicada entre sus distintos componentes regionales. No hubiera sido una solución tan mala (por lo menos no era peor que la monarquía) si los jefes militares hubiesen encontrado una fórmula mejor que los «pronunciamientos» y las «revoluciones» para alternarse en el poder. Pero el propio ejército pasaba por épocas de desorganización y las academias militares de la península habían dejado de existir para los peruanos, de modo que ya no era posible asegurar la existencia de, al menos, un puñado de uniformados ilustrados. La nueva oleada de ideas liberales que trajeron las revoluciones europeas de 1848 fue una bocanada de aire fresco para las marchitas repúblicas asentadas en este lado del mundo. Pero si los liberales europeos fueron burguesías e intelectuales emergentes, que debieron luchar contra una aristocracia tradicional, para derrotar los prejuicios de una cultura excluyente y de respeto por las jerarquías de la cuna que esta había infundido en la sociedad, en el Perú lo fueron los mismos descendientes de los oidores y grandes propietarios de la era virreinal. ¿Lucharían los limeños blancos, adinerados e ilustrados, por erradicar las ventajas que el orden político y social daba a los hombres blancos, adinerados e ilustrados que vivían en la capital? El origen social de los líderes del liberalismo peruano redujo el potencial revolucionario de esta corriente a medidas más bien cosméticas y algo tímidas, como fue reemplazar la esclavitud africana por la servidumbre asiática y el tributo de los indios por las rentas del estanco del guano. Más revulsivos fueron los liberales que vinieron a parar aquí desterrados de los países vecinos. Al carecer de vínculos sociales en el medio local fueron más enérgicos en sus propuestas, pero a la vez menos influyentes políticamente. El historiador Cristóbal Aljovín ha señalado que el cambio más importante en la política de mediados del siglo XIX fue la aparición de los partidos políticos. El hecho de que aquel que predicaba las ideas más afines al liberalismo, como el Partido Civil, haya alcanzado el gobierno en 1872 fue una seña de la popularidad que lograron las tesis liberales, así como del desgaste que padecían los hombres de uniforme tras medio siglo en el Palacio de Gobierno. Sin embargo, poco del ya moderado programa liberal de Manuel Pardo pudo ser ejecutado. La crisis fiscal limitó sus posibilidades y su gobierno terminó tomando medidas de antiguo régimen 260
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