Compárese el tenor de estos pasajes de las memorias de dos ministros de Hacienda. El primero corresponde a las palabras finales de la memoria de Manuel Irigoyen, leída en el Congreso de la República el 28 de julio de 1887: «Asediado sin cesar por legítimas exigencias, en la imposibilidad las más veces de poderlas atender por falta de fondos y preocupado, además, día a día, en buscar los recursos indispensable para las urgentísimas e inaplazables necesidades del servicio público, particularmente del Ejército y Policía; me ha sido materialmente imposible dedicar mi atención a estudiar mayor número de proyectos y reformas que las que consigna esta Memoria, necesitando más de una vez, os lo declaro sinceramente, retemplar mi patriotismo para continuar sobrellevando el peso abrumador de una situación casi insostenible». La segunda corresponde a las palabras con que inició su memoria el ministro Ignacio Rey, exactamente diez años después, en 1897: «El estado rentístico de la Nación es satisfactorio, si se le compara con el que ha tenido durante las administraciones que se sucedieron después de la última guerra exterior. Pero si se le considera a travez [sic] de las necesidades del país y de las exigencias del patriotismo, no es aún halagador. Puede confiarse, sin embargo, en su inmediata prosperidad, por el notorio incremento alcanzado en las rentas fiscales, y por su ordenada y próvida administración». En Dancuart & Rodríguez (1907) y Poder Ejecutivo (1897, p. iii). Para 1911 se había recuperado el nivel que se llegó a alcanzar antes de la guerra. Es cierto que era una moneda que valía menos que antes, y que la población era ahora mayor, por lo que se trataba de una recuperación más bien simbólica. Pero el hecho más resaltante era que aquellos eran ingresos mucho más sostenibles, derivados de la economía interna antes que de la externa. Un editorialista de un periódico de Iquique llegó a comentar, en 1907, al comparar la composición de los ingresos fiscales del Perú y de Chile que quien había finalmente ganado con la paz de Ancón parecía ser el primero y no el segundo. Los elevados impuestos sobre las importaciones tuvieron un impensado efecto industrializador. La falta de alternativas intermedias entre los finos pero costosos productos europeos y los bastos y baratos bienes similares elaborados por la artesanía indígena estimuló en los últimos años del siglo XIX la aparición de fábricas de textiles, bebidas y alimentos envasados. Varias de esas firmas, como las fábricas de textiles Santa Catalina y San Jacinto, las galletas Field y los helados D’Onofrio, subsisten hasta ahora. Un obstáculo para la expansión de esta nueva producción fue la falta de mano de obra calificada, lo que llevó a la reapertura, en 1905, de una Escuela de Artes y Oficios que había funcionado hasta 1879 en la capital. 248
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