península se declararon en rebelión pidiendo el retorno de su rey «auténtico»: Fernando VII. Mientras tanto, la soberanía que el pueblo le había transferido al rey en el acto fundador de la monarquía debía volver a aquel: la así llamada retroversión de la soberanía. La conmoción política que siguió al descabezamiento de la monarquía fue enorme en todo el imperio. En la península ibérica se conformaron juntas de gobierno que, de manera provisional, gobernarían hasta conseguir el regreso de don Fernando. Las juntas se organizaron en las principales ciudades, a cargo de sus élites, agrupadas de ordinario en los ayuntamientos o concejos municipales. Eran una forma de resistir a los invasores franceses, que pretendían imponer un nuevo poder, aliado de Napoleón Bonaparte. En las principales ciudades americanas se siguió el ejemplo de la península y se conformaron juntas de gobierno que juraron fidelidad a la monarquía borbónica y mostraron los dientes a los franceses. Las juntas podían ser una caja de Pandora en términos políticos; llenaron de entusiasmo a los primeros hombres de ideas liberales que comenzaron a aparecer en América, pero fueron recibidas con grandes reservas por los conservadores, quienes temieron la demasiada autonomía con que podían manejarse aquellas en esta coyuntura crítica para el imperio, y que si, por último, el deseado Fernando VII recobraba su corona, las cosas no volverían a ser como antes, puesto que las élites locales habrían probado, y quizá disfrutado, su capacidad de autogobierno. El virrey Fernando de Abascal, con gobierno en el Perú desde 1806, figuraba en este último grupo, por lo que lejos de auspiciar la conformación de juntas en el Perú, procuró erradicar todo intento en este sentido. ¿No había acaso un virrey y una Audiencia en pleno funcionamiento, totalmente leales al monarca secuestrado en Francia? En los nuevos virreinatos sudamericanos, como Nueva Granada y el Río de la Plata, sí se erigieron; en cambio, el virrey Abascal —excediéndose incluso de sus funciones, porque se trataba de territorios fuera de su circunscripción— mandó combatir las juntas con energía y llegó a disolver algunas de ellas. La ausencia de «eclosión juntera» en el Perú fue juzgada por la historiografía como expresión de la debilidad del impulso emancipador, aunque es necesario recordar que las juntas no buscaban, por lo menos en principio, la independencia; al contrario: luchaban por la defensa del rey y rechazaban a los invasores franceses que, a través de sus emisarios, trataban de poner a la población hispanoamericana de su lado. Los historiadores Scarlett O’Phelan y Víctor Peralta señalaron que las 23
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