cambio contra los soles de plata se deslizó desde cinco soles por una libra, vigente hacia 1870, hasta diez soles por libra, hacia 1895. El sistema de cobrar en la moneda buena y pagar con la moneda mala podía funcionar mientras quienes recibieran esta última no necesitasen hacer pagos con la moneda buena. El jornalero que recibía los billetes afrontaba sus compras de ropa, aguardiente, coca y alimentos con esa misma moneda. Para que esto ocurriera era importante la vigencia de una relación de jerarquía, no solo económica, sino además social, entre los empresarios y comerciantes que entregaban los billetes como forma de pago y los jornaleros, artesanos y buhoneros que los recibían. El problema se presentó cuando el gobierno pretendió volver a recaudar impuestos de los campesinos, exigiéndoles moneda buena. El repudio del billete fiscal por parte del gobierno fue una manera de trasladar a la población una parte del costo económico del descalabro de la guerra. Quienes se quedaron con los billetes vieron expropiada su riqueza. Se calcula que fueron unos cien millones de soles en billetes, que aproximadamente equivalían a un 30% del producto bruto interno que el país tuvo en vísperas de la guerra (según el estimado de Shane Hunt). Pero la pregunta clave fue en manos de quiénes quedaron los billetes inservibles: ¿en las de la oligarquía o en las del pueblo? Algunos pensaban que la oligarquía, mejor informada de los asuntos públicos, se zafó de los billetes a tiempo y comenzó a conservar su riqueza en forma de bienes inmuebles u otras formas seguras, por lo que los perjudicados debieron ser los menesterosos. Pero otros señalaron que estos vivían al día, sin posibilidad de ahorro, de modo que no debieron tener tanto dinero en forma de papel. Presumiblemente, los perdedores fueron la fracción más conservadora de la clase propietaria: viudas, hombres de negocios de decisiones lentas y sin buena información, que no supieron deshacerse a tiempo de los billetes. La guerra sirvió, en este sentido, como depurador de la élite económica, pues eliminó de su seno a los poco informados y débiles. La paz monetaria no se alcanzó todavía con la unificación monetaria en torno al sol de plata. A partir de 1892 la plata comenzó a depreciarse aceleradamente en virtud de la enorme oferta de este metal producida por la moderna minería de países como Rusia, México y los Estados Unidos. Ello llevó al progresivo abandono de la plata como patrón monetario en muchos países, quienes se fueron adhiriendo al patrón oro, defendido por Gran Bretaña como el patrón universal. En el Perú surgió una polémica 233
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