El aprendizaje de la libertad

Pardo Novoa (Chiquián, 1874-1909) fue uno de los más célebres bandoleros del norte peruano hacia 1900. Hijo de un hacendado, hizo justicia por su propia mano cuando su padre fue asesinado por otros poderosos del lugar por un asunto de tierras. Para no ir preso, abandonó la legalidad, viviendo de atracos al comando de su grupo armado. Se convirtió en una figura romántica en el Callejón de Huaylas, donde se decía que no permitía los abusos de los terratenientes sin que llegase su mano justiciera. Los gendarmes de Leguía lo acorralaron en unas cuevas de Cajacay. Soltando tiros de despiste intentó huir lanzándose hacia el río, pero fue acribillado en sus orillas. Su cadáver fue recogido río abajo y conducido a la Plaza de Armas de su pueblo natal, donde fue exhibido como una demostración del poder del Estado. Historiadores como la estadounidense Melisa Dell han descubierto que las regiones que contaron con poderosos locales, o gamonales, tuvieron un destino mejor que las que no, ya que estos oficiaron de representantes de los intereses regionales frente a la capital. Asimismo, consiguieron mayores dosis de inversión pública para sus provincias, obras claves de infraestructura para las comunicaciones (ferrocarriles, telégrafos, correos) y cuotas mayores de representantes en el Congreso nacional (véase el siguiente recuadro). El crecimiento territorial y demográfico de las haciendas del sur andino «Desde finales de la década de 1850 el número de colonos en las haciendas de Azángaro creció rápidamente. En 1829, inmediatamente después de la independencia, 5600 personas, cuando mucho, vivían como familias de colonos en las haciendas de la provincia, lo que no era más del 14% de la población rural de Azángaro. Para 1876 esta cifra casi se había duplicado a más de 9800 personas, lo que daba cuenta de poco menos de una cuarta parte (23,4%) de la población rural azangarina. Entre 1876 y 1940 el número de colonos y sus familias creció más de tres veces hasta llegar a 31 651 personas. En esta última fecha, los colonos representaban el 35,8% de la población rural de Azángaro; su proporción podría haber sido más alta en la década de 1920. La población residente en algunas de las haciendas más grandes de Azángaro creció de modo aún más espectacular entre las décadas de 1860 y 1920. Esta ola de nuevos colonos constituyó la última fase de un proceso de “fijación” de una fuerza laboral adecuada y estable en las haciendas ganaderas del Altiplano, que se había iniciado a finales del siglo XVI. […] Durante el período colonial, los hacendados tuvieron que depender de mitayos suplementarios incluso para las tareas rutinarias como el pastoreo y la trasquila del ganado. Todavía en la década de 1860 las haciendas reclutaban a trabajadores nominalmente libres de las comunidades vecinas. 225

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