especiales, que para los adictos, era prácticamente cualquier día. El calzado común eran unas sandalias de cuero de llama y el traje eran los ponchos y bayetas de lana. La pobreza fiscal que caracterizó al Perú de la posguerra implicó un repliegue de los funcionarios del Estado fuera de las pocas ciudades existentes. Sus funciones fueron de alguna manera cubiertas por los grandes propietarios rurales, que eran los más interesados en mantener el orden. La influencia política que ganaron los terratenientes, o los grandes comerciantes que acopiaban los productos que iban a ser exportados (lanas, algodón, cascarilla), fue denunciada por los intelectuales indigenistas como «gamonalismo». El epíteto fue recogido por la élite limeña como una forma de denigrar a las élites del interior, a las que juzgaban como bárbaras, corrompidas y feudales. Los gamonales serían las personas con poder en la sociedad rural, pero no un poder que deviniera de sus competencias legales, como autoridades o jueces, sino de hecho, derivado de su fuerza económica, su prestigio social y su influencia política. Los presidentes de la república, o quienes candidateaban a serlo, cuidaban de contar con el apoyo de estos gamonales, porque asumían que su poder era grande en la orientación de las decenas o centenas de votos que se recogían en los pueblos del interior en las justas electorales. Sin embargo, su potestad fue más inventada por la leyenda y la literatura que verificada por la experiencia. Cuando llegaban los funcionarios de la capital, las empresas de la costa o del extranjero, era poco lo que los gamonales podían hacer si tocaban sus intereses. Resultaban fáciles víctimas de un país centralista, a pesar de los intentos de la ley de descentralización fiscal de la que hablaremos en el siguiente capítulo. La falta de apoyo armado los obligaba a negociar constantemente con las comunidades campesinas, ya que, en el caso de una rebelión indígena, no podían contar con la llegada pronta de policías o gendarmes. De otro lado, las disensiones, que eran constantes entre ellos, los debilitaban. El enfrentamiento entre clanes familiares de terratenientes podía durar décadas y terminaba perjudicando a toda la clase, tal como lo mostró el antropólogo estadounidense David Nugent en su estudio sobre Chachapoyas entre los siglos XIX y XX. En esas ocasiones, una de sus alternativas, si no aceptaban acomodarse como cola de león ante la derrota o frente a la llegada de poderes más grandes que el suyo, fue convertirse en bandoleros que asaltaban a los forasteros que habían alterado su ethos: comerciantes y recaudadores. Luis 224
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