consecuencias, ya que todo el mundo es doctor o coronel, sin ejercer por ello ni la medicina ni el oficio de las armas), las de los Montoneros bajo el mando de Cáceres. Obedeció a Iglesias, por un momento Jefe de Estado, hoy retirado en Europa. Y esta era de aventuras no parece haber acabado. Los poderes caídos han conservado numerosos partidarios. […] Se me ha dicho que hay no menos de dos mil fusiles escondidos en Cajamarca, y municiones a proporción. Bastaría una chispa para provocar un estallido, y las dos facciones se disputarían, escopeta en mano, la posesión del cerro de Santa Apolonia, que es el monte Aventino de esta pequeña ciudad de siete mil almas. Marcel Monnier (2005 [1890], pp. 157-159). Otro punto común fue su observación acerca de la indolencia o pereza de los indios. «La falta casi absoluta de iniciativa y de decisión, tal es el rasgo característico del indio. […] Será menester que una voluntad extraña sustituya a la suya, prevalezca sobre su indolencia, le diga la resolución a tomar, lo anime y lo dirija así como el viento hincha a la vela inerte», escribió Monnier hacia 1886. Habría que preguntarse hasta qué punto estas visiones de los viajeros, que eran compartidas por las autoridades, correspondieron a la percepción que, en el marco de una sociedad jerarquizada, se puede tener desde arriba, de las gentes que componen la base social. Pero es difícil conocer qué pensaban los indios y cuáles eran sus proyectos de país, porque no dejaron testimonios escritos. El antropólogo e historiador estadounidense Mark Thurner sostuvo, sobre la base del estudio de las rebeliones campesinas en Áncash, que ellos procuraron el modelo antiguo o colonial de la «república»: una comunidad local de hombres iguales en derechos, que contaba con un territorio y unas autoridades elegidas por ellos mismos, regida por una ley. En tal sentido ellos se sintieron republicanos y defendieron la autonomía de sus repúblicas, contra los embates del poder de los mistis o del poder central, que actuaban como señores feudales. Las viviendas rurales eran tristes paredones de adobe o de piedra sin enlucir, cubiertos de paja y, solo en los casos más esmerados, de tejas. Por los pisos de tierra circulaban patos, cerdos y cuyes, entremezclados con las personas, situación que no cambiaba notablemente en el caso de las viviendas de los hacendados (la diferencia es que estos mantenían una casa en la ciudad, donde vivía la familia). Un solo salón hacía las veces de cocina, comedor, dormitorio y depósito. La carne seca o charqui, las yucas, papas o maíz tostado; la chicha de maíz, la coca y las mazamorras eran el alimento cotidiano. El aguardiente se reservaba para las ocasiones 223
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx